Por Ing.Héctor Castro Gallegos
En el corazón de Sonora, donde la tierra guarda tesoros antiguos y cicatrices recientes, una nueva generación está cambiando la narrativa del subsuelo. Los jóvenes de la Generación Z —hijos de mineros, nietos de luchadores del polvo y del metal— están mirando la minería con otros ojos: los de la conciencia ética, la justicia social y la tecnología limpia.
Ya no creen en el viejo modelo extractivista que enriqueció a unos pocos y empobreció a las comunidades. Saben que el verdadero oro del siglo XXI no está en las vetas, sino en el conocimiento, en la transparencia y en la sostenibilidad.
Y desde esa visión, comienzan a forjar una nueva cultura minera, donde la palabra “progreso” deja de ser sinónimo de saqueo y vuelve a significar dignidad. En las comunidades pequeñas, donde la minería artesanal aún resiste entre el sol y la esperanza, los jóvenes están tomando el relevo de sus padres con una ética que el sistema no esperaba.
Hablan de cooperativas mineras, de energías limpias aplicadas a la extracción responsable, de trazabilidad ecológica, de metales con identidad social. Ya no quieren ser obreros del silencio, sino arquitectos del futuro.
Las mujeres mineras, antes invisibles en la historia del polvo y el cobre, hoy ocupan cargos técnicos, organizan comunidades y dirigen proyectos sustentables. Y los jóvenes que antes huían del campo y del socavón, ahora regresan con drones, sensores y software, mezclando la herencia minera con la inteligencia digital. En ellos florece una nueva utopía: demostrar que la minería puede coexistir con la vida, que puede generar riqueza sin destruir el alma de la tierra.
El impacto político de esta conciencia Z es profundo. Ya no piden concesiones ni favores: exigen rendición de cuentas.
Observan cómo las grandes corporaciones extranjeras negocian con gobiernos débiles y exponen al país a la pérdida de su soberanía sobre el mineral, y lo denuncian con voz firme. Su activismo no es de pancarta, sino de datos, de informes, de ética aplicada.
Proponen auditorías públicas, minería regenerativa, programas sociales para las familias mineras y fondos transparentes de beneficio comunitario. En el Congreso, en las redes, en los foros universitarios, su lenguaje no es de protesta vacía, sino de propuesta sólida.
La política nacional empieza a sentir esa presión moral: la de una generación que no se vende, que no teme, y que entiende que el desarrollo no puede nacer del despojo.
Y es ahí donde México comienza a transformarse. La conciencia minera de los jóvenes sonorenses está inspirando a otros estados del país: Zacatecas, Chihuahua, Guerrero, Durango. El ejemplo se multiplica.
Se habla de “minería con rostro humano”, de “justicia para el subsuelo”, de “riqueza compartida”. En los pueblos d=?utf-8?Q?onde_antes_la_mina_solo_dejaba_polvo,_ahora_se_




