Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La generación joven de Sonora ya no observa la política con paciencia pedagógica ni con indulgencia histórica. La mira con la frialdad de quien ha aprendido a detectar fraudes simbólicos, simulaciones de poder y discursos huecos.
No es apatía: es diagnóstico.
Para ellos, la política local se ha convertido en un teatro de baja calidad donde se repiten los mismos actores, las mismas excusas y los mismos errores, mientras el futuro se posterga indefinidamente.
Lo que antes se llamaba “gobernabilidad”, hoy se percibe como inmovilismo; lo que se vende como “experiencia”, huele a agotamiento moral. Desde esa mirada joven, el gobierno parece atrapado en una lógica de encierro: gobernar para el círculo interno, no para la sociedad.
Cada ajuste se vive como purga, cada crítica como traición, cada rectificación como humillación. No hay método, hay reflejos.
No hay visión, hay reacción.
Y ese espectáculo permanente de fragilidad política envía un mensaje devastador: el poder se administra como botín y no como responsabilidad estratégica.
La juventud no exige perfección, exige algo mucho más incómodo: coherencia, inteligencia pública y la capacidad de gobernar sin paranoia. El reclamo es estructural, no emocional.
Esta generación identifica con claridad el verdadero déficit de la política sonorense: perdió visión, porque piensa en el próximo titular y no en la próxima década; perdió ética, porque confunde lealtad con obediencia y crítica con amenaza; y perdió método, porque gobierna con ocurrencias en lugar de políticas públicas medibles, evaluables y corregibles. En un mundo gobernado por datos, procesos y resultados, Sonora sigue atrapado en el powerpoint y la narrativa.
Los jóvenes no compran propaganda. Comparan, miden, contrastan. Juzgan a sus gobiernos con el mismo rigor con el que evalúan empresas globales, universidades o líderes internacionales. Y ahí, la política local fracasa de manera sistemática.
No por falta de recursos, sino por falta de carácter. Porque administrar crisis no es liderazgo; evitarlas, sí.
Porque repetir eslóganes no es gobernar; ejecutar proyectos, sí. La paciencia cívica se está agotando. No quieren épica vacía, quieren eficacia.
No quieren caudillos, quieren instituciones.
No quieren poder concentrado, quieren valor público.
Si la clase política no entiende esto, no enfrentará una derrota electoral, sino algo más profundo: la irrelevancia histórica. Los jóvenes ya hicieron su diagnóstico.
El futuro ya tomó nota. Falta que el poder se atreva, por fin, a mirarse al espejo antes de que el reloj marque el final irreversible de una era que se negó a cambiar.




