La rebelión juvenil contra el modelo agotado de desarrollo
Por Ing. Héctor Castro Gallegos
Para los jóvenes de Sonora, la vieja figura del “triángulo perfecto” —sociedad, iniciativa privada y gobierno— dejó de ser una metáfora de equilibrio y se convirtió en el símbolo más evidente de un sistema agotado. Hoy no ven armonía: ven captura.
Ven un diseño político-económico que se sostiene por inercias, privilegios y discursos reciclados, incapaz de responder a la realidad social del siglo XXI. Ese triángulo ya no distribuye desarrollo: lo concentra.
Y la juventud lo sabe. En su diagnóstico, la sociedad es tratada como un actor decorativo, convocada solo cuando legitima decisiones ya tomadas.
La iniciativa privada presume modernidad, pero en demasiados casos opera bajo lógicas feudales: controla territorios, empleos y narrativas sin asumir responsabilidades sociales, laborales o ambientales proporcionales a su poder.
Y el gobierno, lejos de regular con firmeza, administra el desequilibrio: arbitra a favor de quienes presionan más fuerte, no de quienes más lo necesitan. Para los jóvenes, el problema no es la falta de diálogo entre los polos, sino el pacto silencioso que los une contra el interés público. La juventud ya no cree en el mito de que el desarrollo surge cuando estos tres actores “trabajan en armonía”.
Ese discurso, dicen, sirve para ocultar contratos opacos, subsidios selectivos, decisiones centralizadas y una economía que presume crecimiento mientras expulsa talento joven. Empleos mal pagados, comunidades afectadas sin voz, innovación simulada y movilidad social detenida son las evidencias cotidianas de un modelo que beneficia a pocos y posterga a muchos.
El triángulo no es estrategia: es arquitectura de control. Por eso, los jóvenes no quieren reformarlo: quieren desmontarlo. Su visión es radicalmente futurista.
Proponen pasar de una geometría rígida a un modelo de redes vivas, donde la sociedad no sea un polo más, sino el centro; donde la iniciativa privada opere bajo reglas claras, obligatorias y fiscalizadas; y donde el gobierno deje de ser intermediario de intereses para convertirse en garante ético que rinde cuentas con precisión.
El desarrollo, en esta lógica, no baja desde arriba: se construye desde el conocimiento, la ciencia, la participación directa y los territorios.
Cuando el discurso oficial insiste en defender el triángulo, la juventud responde con una advertencia histórica: ese modelo ya no sostiene a Sonora; solo protege privilegios.
Defenderlo es apostar al pasado. Rediseñar el equilibrio desde la justicia social, la responsabilidad empresarial y un gobierno que obedece a la ciudadanía no es rebeldía: es la única vía hacia el futuro.




