Burocracia, hartazgo juvenil y la antesala de una ruptura política
Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La política, para los jóvenes, no se aprende en mítines ni en spots; se aprende en la fila. En la ventanilla. En la plataforma que se cae. En el trámite que pide un documento que el propio Estado emitió mal.
Enero es el examen anual del sistema: pagos, refrendos, renovaciones, requisitos absurdos, funcionarios que no saben y sistemas que no funcionan.
El Estado exige puntualidad quirúrgica, pero opera con una torpeza estructural.
Cumples y aun así pierdes. Pierdes tiempo, pierdes dinero, pierdes dignidad. Y ese robo cotidiano se llama poder mal ejercido. La burocracia no es un error técnico: es una forma de dominación. Es el mecanismo mediante el cual el Estado le recuerda al ciudadano quién manda y cuánto vale su tiempo: poco. Formularios infinitos, reglas opacas, procesos diseñados como si la vida real no existiera.
Para una generación que trabaja, estudia, emprende y sobrevive en tiempo real, el gobierno es una máquina lenta que castiga al que cumple. Cuando cumplir la ley se vuelve un suplicio, la democracia empieza a descomponerse desde adentro.
Los jóvenes ya entendieron algo que la clase política se niega a aceptar: criticar al Estado no debilita la democracia, la defiende. Lo peligroso no es la inconformidad; lo peligroso es la normalización del desastre.
Cada trámite fallido es una lección política. Cada hora perdida es un voto que se evapora. El hartazgo no nace de la ideología, nace del cansancio.
Y el cansancio es el combustible más poderoso de las rupturas históricas. Hoy el Estado está asfixiado por dos fuerzas que él mismo creó: el procedimentalismo extremo y la politización permanente.
El primero paraliza; la segunda contamina. Todo se vuelve lento, todo se vuelve sospechoso, todo se decide pensando en la siguiente elección y no en la solución.
El resultado es un gobierno incapaz de resolver lo básico y sorprendido de que nadie confíe en él. Aquí va la advertencia, clara y sin eufemismos: si el Estado no aprende a respetar el tiempo, la inteligencia y la vida de los ciudadanos, la ruptura no vendrá de los extremos radicales, sino del centro agotado.
La generación joven no pide milagros ni discursos épicos; exige algo más subversivo: un gobierno que funcione. Y si la política no entiende que cada trámite inútil es una grieta democrática, el colapso no será ideológico. Será administrativo, silencioso y profundamente político.




