Por: Ing. Héctor Castro Gallegos
Esto ya no es inconformidad: es una advertencia directa al sistema.
En Sonora, la juventud dejó de pedir permiso y empezó a empujar la estructura. No viene un diálogo cómodo ni una reforma maquillada.
Viene una rebelión política generacional contra una clase gobernante que se volvió obsoleta, que administra inercias y gobierna como si el futuro pudiera aplazarse. Los jóvenes no están enojados por moda.
Están hartos de vivir en un estado donde trabajar no alcanza, estudiar no garantiza nada y participar en política sigue siendo un club cerrado.
Crecieron viendo a los mismos apellidos turnarse el poder, reciclar discursos y justificar el fracaso como “experiencia”.
Para esta generación, la vieja política no es historia: es un fraude sostenido.
El pensamiento juvenil es frontal y sin nostalgia. No cree en líderes intocables ni en discursos eternos. Cree en datos, en resultados y en coherencia. Identifica la mentira en segundos y la exhibe en minutos. Entiende que el poder ya no vive en el templete ni en la oficina pública, sino en la conversación digital, en la narrativa colectiva.
Por eso la clase política tradicional está incómoda: perdió el control del relato. Mientras los políticos siguen obsesionados con el protocolo, los jóvenes se organizan en red. Mientras unos presumen cargos, otros exigen causas. Mientras unos hablan de estabilidad, otros sobreviven en la precariedad.
Esa desconexión es el combustible de esta ruptura: un abismo entre quienes gobiernan y quienes cargan el costo de sus decisiones.
La consigna juvenil es clara y peligrosa para el sistema: no quieren administrar la miseria ni “mejorar lo posible”. Quieren cambiar las reglas. No quieren ser cuota, ni relleno, ni foto de campaña. Quieren decidir. Y si el sistema no abre la puerta, están listos para derribarla con voto castigo, presión social, exposición pública y organización inteligente.
La vieja política cree que esto se apaga con becas simbólicas, eventos juveniles o discursos con música de fondo. No entiende que el enojo es estructural, no coyuntural. Que no es contra un partido, sino contra una forma caduca de ejercer el poder. Sonora entró en una fase peligrosa para quienes viven de la simulación: los jóvenes ya no solo critican, ahora compiten.
Compiten por narrativas, por influencia y por espacios reales de decisión. Sin padrinos. Sin miedo. Sin nostalgia. Esto no es una moda. Es una generación que entendió que esperar es perder. En Sonora, los jóvenes ya decidieron algo irreversible: el futuro no se negocia con quienes lo hipotecaron. Y esta vez, el sistema no va a salir intacto.



