Sin Medias Tintas. Omar Alí López Herrera.
Venezuela puede leerse hoy como una alegoría moral en el sentido más clásico del término. No únicamente como un país en crisis, sino como un escenario de concepciones opuestas del bien y del mal, encarnadas en decisiones humanas, omisiones colectivas y reacciones sociales que revelan una profunda fractura ética. Millones de venezolanos pidieron ayuda durante años, con la persistencia del que sufre y no puede callar. Pero ese clamor se normalizó, y el dolor dejó de conmover porque dejó de ser excepcional.
Aristóteles sostenía que el bien supremo de la política es la eudaimonía (la vida digna dentro de la comunidad). Cuando la polis deja de garantizar lo mínimo para la vida buena, la política se degrada como ejercicio del poder por sí mismo. Venezuela vivió durante años esa degradación. El mal comenzó como algo sutil y corrosivo llamado habituación social al daño -así como nos pasa hoy a los mexicanos-, porque lo que se practica repetidamente termina pareciendo natural, incluso cuando es injusto.
Platón por su parte advertía que el mal político surge del desorden del alma colectiva. Una ciudad injusta refleja almas desordenadas donde la razón ha sido desplazada por el miedo o la pasión. Venezuela no solo es víctima de un régimen, sino de una larga distorsión del sentido de lo justo.
Durante años, la comunidad internacional observó, algunos denunciaron, otros sancionaron y muchos calcularon. Se sabe que el espectador siempre encuentra justificación para no intervenir cuando la justicia implica riesgo, y el problema moral aparece cuando, tras tanto tiempo de omisión, alguien decide actuar y la reacción no es alivio, sino enojo. Venezuela encarna esta paradoja: Se pidió ayuda, la ayuda llegó y surgió la ira; pero no contra el origen del daño, sino contra quien intenta alterarlo.
Aquí se manifiesta la confusión entre el bien en sí y el bien aparente. Para algunos, cualquier intervención externa rompe una idea formal de soberanía, aun cuando dicha soberanía haya sido vaciada de contenido, y para otros, la ayuda es buena solo si coincide con sus intereses. Esto termina en una polis fragmentada, incapaz de acordar sobre qué constituye el bien común, porque, como lo he defendido en otros textos, cuando una sociedad pierde ese consenso mínimo, el mal se convierte en estructura.
Platón advertía que la mayor injusticia es hacer pasar el mal por bien. En el debate sobre Venezuela, esa advertencia resuena. Se condena la ayuda como injerencia, pero se tolera la miseria como normalidad. Se denuncia la intervención, pero se acepta la expulsión de millones como daño colateral inevitable. La víctima deja de ser sujeto ético y se convierte en argumento político.
La reacción airada del oficialismo en México revela un miedo profundo a que la gente se pregunte sobre un orden injusto. Si bien toda comunidad tiende a preservar el régimen que la gobierna, incluso cuando la perjudica, se requiere de cierta virtud y responsabilidad para cambiarlo.
Venezuela nos devuelve una pregunta incómoda sobre qué tipo de bien defendemos cuando rechazamos la ayuda que podría aliviar el sufrimiento. Una sociedad que se enfurece ante la justicia ha perdido la capacidad de distinguir entre orden y armonía.
Lo de Venezuela implica un cuestionamiento moral. Creo que el mal no reside solo en quien golpea, sino también en quien mira, duda y se indigna cuando alguien actúa. En esa indignación se delata la dificultad de reconocer el bien cuando no proviene de donde esperábamos o cuando nos obliga a revisar nuestras propias omisiones.
¿Se nos ha olvidado que la política existe para evitar que el dolor se vuelva costumbre?




