Por: Ing. Héctor Castro Gallegos
En Sonora está ocurriendo algo que la vieja clase política no entiende —y por eso le teme—: una generación joven que ya no pide permiso para pensar ni para actuar.
No espera cargos, no mendiga espacios y no se arrodilla ante siglas. Está desmontando el sistema con ideas, datos, ciencia y una ética que incomoda. La juventud sonorense no quiere administrar la decadencia: quiere provocar una ruptura.
Estos jóvenes crecieron viendo la política convertida en espectáculo, promesa reciclada y simulación permanente. Aprendieron pronto que los discursos no cambian la realidad y que los partidos dejaron de representar a la sociedad. Por eso ya no buscan líderes carismáticos: buscan causas verificables.
No creen en la autoridad vertical, creen en la inteligencia colectiva.
Para ellos, el poder no es un privilegio heredado, sino una responsabilidad que se construye con resultados. Su política no es ideológica, es funcional; no es clientelar, es moral; no es de aplauso fácil, es de confrontación directa. La educación, en esta generación, dejó de ser obediencia y se volvió desobediencia inteligente.
Aprender es un acto político. Estudiar es una forma de resistencia. Saben que un pueblo educado no se manipula, y por eso rechazan el modelo que forma repetidores y no pensadores. Desde las aulas hasta las redes, están creando una pedagogía crítica que incomoda al sistema: educación para cuestionar, para crear, para romper inercias. Ya no quieren títulos vacíos, quieren conocimiento útil para transformar su entorno.
Su consigna es clara: sin pensamiento crítico no hay democracia real. En la ciencia encontraron su arma más poderosa. No como lujo académico, sino como herramienta social. Jóvenes desarrollando soluciones para el agua, la energía, la salud y el clima en uno de los estados más desafiantes del país.
Ciencia con conciencia. Tecnología con ética. Innovación sin corrupción. No inventan para enriquecer a unos cuantos, inventan para sostener la vida. Mientras la política tradicional discute cuotas de poder, ellos diseñan el futuro con evidencia y compromiso. Sonora se ha convertido en un campo de prueba del porvenir.
Desde el desierto emerge una juventud que no negocia su dignidad ni se adapta a la mediocridad institucional. No son el relevo generacional del sistema: son su contradicción. Y si la clase política no lo entiende, pronto lo sabrá. Porque esta generación no viene a ocupar sillas: viene a cambiar las reglas.
El poder ya no se hereda. Se construye. Y ellos ya empezaron.



