Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La juventud sonorense dejó de pedir permiso. Hoy piensa, cuestiona y confronta a un poder envejecido que sigue gobernando como si el mundo no hubiera cambiado. Mientras la política tradicional repite discursos gastados, los jóvenes operan con datos, conciencia crítica y una lucidez que incomoda. Ya no son promesa: son presente incómodo.
En Sonora se libra una batalla silenciosa entre dos épocas.
De un lado, un poder que vive de inercias, de pactos opacos y de una narrativa que subestima a la inteligencia joven.
Del otro, una generación que creció conectada, informada y escéptica. Jóvenes que no creen en caudillos ni en salvadores, porque entienden que el verdadero poder no está en el cargo, sino en el conocimiento.
Para ellos, la política que no resiste una verificación de datos es una farsa. Las redes sociales no son su distracción, son su campo de análisis. Ahí desmontan mentiras, exhiben contradicciones y exigen coherencia.
No militan por colores, militan por causas. No aplauden discursos, evalúan resultados.
El político que no entiende esto ya perdió la conversación, aunque siga ganando elecciones. En educación, la ruptura es brutal. La juventud sonorense rechaza un sistema que forma obedientes en lugar de pensadores.
Ya no aceptan memorizar verdades ajenas: quieren producir las propias. Por eso crean comunidades de aprendizaje, laboratorios independientes, proyectos autogestivos.
La escuela tradicional se les quedó chica. Para ellos, aprender es un acto político. En la ciencia y la tecnología se nota aún más la distancia generacional.
Mientras el poder discute presupuestos con mentalidad del siglo pasado, los jóvenes ya trabajan en soluciones reales: agua, energía, inteligencia artificial, sostenibilidad. No esperan al Estado: lo rebasan.
Entendieron que la soberanía moderna no se defiende con discursos nacionalistas, sino con capacidad científica propia.
La juventud de Sonora no busca destruirlo todo, pero tampoco va a heredar un sistema fallido sin cuestionarlo. Su rebeldía no es caótica, es inteligente.
No gritan: argumentan. No obedecen: entienden. Y eso es lo que más asusta al viejo poder. Porque cuando una generación aprende a pensar por sí misma, ningún discurso la puede gobernar.




