Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La política mexicana —y la sonorense en particular— enfrenta una crisis más profunda que la electoral o la partidista: una crisis neurogeneracional.
El sistema gobierna de espaldas a la juventud porque fue diseñado para otro tiempo, otro ritmo y otro tipo de mente.
Su alma no cuenta con los jóvenes, no porque estos no participen, sino porque el poder no sabe cómo integrarlos sin perder control.
Los jóvenes no se alejaron de la política; se alejaron de una política que los subestima.
Observan un poder que habla de futuro con estructuras mentales del pasado, que promete transformación mientras administra inercias. No rechazan la política como herramienta colectiva: rechazan su simulación.
Para esta generación, gobernar sin entender ciencia, tecnología, pensamiento crítico y ética digital es gobernar sin mapa en un territorio nuevo. La ruptura generacional en Sonora ya no es anecdótica, es estructural.
Los jóvenes ven mesas de diálogo sin jóvenes, reformas educativas sin estudiantes, políticas públicas sin evidencia científica y presupuestos que ignoran el largo plazo. El mensaje implícito es siempre el mismo: “esperen su turno”.
Pero la neurociencia generacional demuestra algo incómodo para el poder: estos cerebros no están hechos para esperar pasivamente. Procesan más información, más rápido, detectan incoherencias con facilidad y no toleran narrativas vacías. La educación es el primer campo de conflicto.
El modelo actual sigue formando obediencia para un sistema agotado. Pero los jóvenes no quieren ser engranes: quieren ser arquitectos. Exigen método, pensamiento crítico y libertad intelectual.
Cada joven que aprende a razonar por sí mismo se vuelve ingobernable para una política basada en la ignorancia funcional. No es rebeldía: es adaptación cognitiva a un mundo complejo. En ciencia y tecnología, la brecha es aún más brutal.
Mientras la política discute como si estuviéramos en el siglo XX, los jóvenes ya operan en inteligencia artificial, energía limpia, gestión del agua y sostenibilidad. Entendieron que la soberanía no se grita en discursos: se construye con conocimiento. No esperan permisos ni subsidios; innovan desde la convicción y la urgencia. La política que excluye a la juventud está condenada a volverse irrelevante.
No habrá pacto intergeneracional mientras el poder vea a los jóvenes como amenaza y no como inteligencia estratégica. No quieren reemplazar a nadie, pero tampoco cargarán con un sistema que no construyeron. Cuando una generación despierta, la política solo tiene dos caminos: transformarse con ciencia y conciencia… o extinguirse por obsolescencia




