Por Ing. Héctor Castro Gallegos La crisis política mexicana —y la sonorense como síntoma adelantado— no es solo moral, económica o electoral. Es cerebral.
El poder gobierna desde una arquitectura mental que ya no corresponde a la realidad humana que pretende administrar. Dirige cuerpos, pero no entiende mentes. Administra votos, pero ignora cerebros.
Y esa ceguera cognitiva está fracturando la legitimidad del Estado. La juventud no es apática ni irresponsable. Es neurológicamente distinta a quienes hoy concentran el poder. Creció en entornos de alta estimulación, velocidad, multitarea y sobreexposición informativa.
Sus cerebros detectan incoherencias con rapidez, rechazan la simulación y responden con intensidad a la injusticia. Pretender que obedezcan estructuras lentas, verticales y opacas no es gobernabilidad: es incompetencia neuro-política. El error del poder es profundo: confunde adaptación con sumisión.
Llama “falta de atención” a la búsqueda constante de sentido; “impulsividad” a la capacidad de decidir rápido en entornos complejos; “rebeldía” a la intolerancia frente a la mentira. Así diseña instituciones que castigan el pensamiento crítico y premian la obediencia mecánica. Un sistema que no dialoga con la forma en que piensa su población está condenado a perder autoridad, aunque conserve fuerza. En Sonora, la desconexión es brutal.
Políticas públicas sin evidencia científica, planes ambientales redactados para el discurso y no para el territorio, mesas de decisión donde la juventud no participa y proyectos extractivos que destruyen agua, suelo y futuro mientras se llaman “desarrollo”. El mensaje es claro: el poder no quiere pensar, quiere controlar. La educación se vuelve el campo de batalla.
El sistema político sigue formando para repetir, mientras los cerebros jóvenes aprenden explorando, conectando y cuestionando. Cada intento de domesticarlos genera más desconfianza. No es ideología: es biología enfrentándose a burocracia.
Mientras tanto, los jóvenes ya operan en otro nivel: inteligencia artificial, transición energética, gestión hídrica, sostenibilidad real. Entendieron que la soberanía del siglo XXI no se decreta, se investiga.
El poder tradicional no los guía porque no los comprende. Gobernar sin entender cómo piensa la juventud es gobernar a ciegas. Y la historia es clara: los sistemas que se niegan a actualizar su mente terminan extinguiéndose por obsolescencia. La pregunta ya no es si el poder va a caer, sino si tendrá la inteligencia suficiente para transformarse antes de que sea demasiado tarde.




