Sin Medias Tintas. Omar Alí López Herrera
Cuando ocurre un accidente de proporciones trágicas y mediáticas, en nuestro país hay un arte fino de colocar al chivo expiatorio justo donde más conviene, como si el cuento clásico nunca hubiera pasado de moda. El descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca —ese que dejó 14 muertos y más de 100 heridos el pasado 28 de diciembre de 2025— llegó para demostrar que, en este mágico país, los problemas de infraestructura, turbios cuates y audios comprometedoramente explícitos pueden evaporarse sólo con la palabra ‘culpable’.
Con esa admirable economía discursiva que distingue a la nueva FGR, se nos dijo simplemente que la causa fue por exceso de velocidad. El tren circulaba por una curva a más kilómetros por hora de los permitidos y, poof, accidente. Nada de rastro de rieles defectuosos, o ausencia de velocímetro, o equipo viejo, o balasto pobre (esa piedra vital para la estabilidad de las vías), o decisiones directivas cuestionables. No. Aquí fue solo una cabina y un maquinista acelerando donde no debía.
Y así, bajo ese mantra, la fiscalía detuvo al maquinista —sí, a él— por homicidio culposo y lesiones culposas. La investigación descartó fallas técnicas en rieles, balasto, equipo, durmientes o material rodante; concluyó que quien debería tener la responsabilidad absoluta de su vida (y la de todos los demás pasajeros) era el operador sentado al frente.
Todo esto, claro, alejándose a propósito de cualquier línea que apunte a algo más complicado que un maquinista “corrió de más”. Porque en México sabemos que las causas complejas, las redes de influencia, las grabaciones filtradas con diálogos incómodos y los vínculos empresariales siempre pueden solventarse con un titular simple. ¿Para qué entrar en tecnicismos, pues?
Pero si uno mira solo de reojo un par de pistas que circularon antes del accidente —cosas que las autoridades prefirieron dejar en un cajón etiquetado como “ruido político”— la historia se vuelve más intrincada.
El audio filtrado en 2024, obtenido y reproducido en varios portales, revela la llamada en la que el empresario Jorge Amílcar Olán presume de su participación en el suministro de materiales de los proyectos ferroviarios de López Obrador y su relación con el grupo que tomaba decisiones.
Más preocupante aún es la frase que circuló como un presagio desagradable: “Ya cuando se descarrile el tren, ya va a ser otro pedo.” Esas palabras ya no son solo una frase imprudente, sino una declaración de desprecio por la calidad del material, justo antes de que la tragedia ocurriera.
Pero claro, en la narrativa oficial eso no cuenta. No porque no sea relevante desde un punto de vista técnico —es decir, el balasto de mala calidad sí puede comprometer la estabilidad de la vía y favorecer descarrilamientos—, sino porque resulta políticamente incómodo.
Este país moderno prefiere culpabilizar a un individuo que dar explicaciones estructurales más complejas que impliquen a conocidos del poder. Hacerlo sería abrir contratos sin licitación, tráfico de influencias disfrazado de “honorario supervisor” y empresarios celebrando negocios millonarios con la obra pública.
Y entonces tenemos una escena con un tren que cósmicamente supera la velocidad permitida en una curva; por el otro, grabaciones, audios y testimonios que describen a personajes que, si uno se pone suspicaz, parecen haber tenido más que solo una amistad con el proyecto. Pero las autoridades, con impecable dirección narrativa, se quedan con el conductor.
Una solución bonita para una tragedia horrible donde, curiosamente, nadie con apellidos notorios ni amistades poderosas aparece con cargos relevantes.
Cuando algo le sale mal al gobierno, la culpa se personaliza. Nunca se politiza lo suficiente como para señalar a poderosos, ni se explora el trasfondo que podría poner en tela de juicio contratos, supervisión técnica o estructura económica de una obra multimillonaria. Es más fácil apuntar con el dedo a quien estaba maniobrando palancas y botones… y se cierra el telón.
Así que celebremos la simplicidad investigadora del culpable encontrado. Maquinista procesado y caso cerrado. Porque detrás, debajo o alrededor de esa conclusión hay toda una red de posibilidades que, si se investigaran, podrían convertir este accidente en un caso de estudio sobre corrupción, conflictos de interés y mala gestión pública. Pero ese estudio, por supuesto, lo haremos en otro tren.




