POR ING. HECTOR CASTRO GALLEGOS
Hay una violencia que no deja balas ni cuerpos, pero sí neuronas domesticadas y futuros amputados. En Sonora, esa violencia se mide en hectáreas: parcelas escolares agropecuarias entregadas para formar a los hijos de ejidatarios y que hoy terminan rentadas por directores, administradores y redes de poder local.
Tierra pública usada como negocio privado. Educación convertida en simulación. La neurociencia lo explica con crudeza. Cuando el poder normaliza el abuso cotidiano —cuando robar diez hectáreas “no pasa nada”— el cerebro aprende indefensión.
La juventud crece viendo que la trampa paga, que la ley es decorado, que la corrupción es un reflejo automático.
El sistema no falla: está diseñado para reprogramar cerebros hacia la resignación. Así se gobierna sin pensar, desde el hábito y el miedo, no desde la conciencia. Los datos son claros: cientos de planteles, miles de estudiantes, maestros y padres vinculados a parcelas que deberían ser laboratorios vivos de soberanía alimentaria y conciencia ambiental.
En lugar de eso, la tierra se renta, se agota, se mercantiliza. No hay aprendizaje agroecológico, no hay innovación rural, no hay futuro. Hay contratos opacos, silencios comprados y una burocracia que protege al rentista, no al estudiante. Esto no es solo corrupción educativa: es ecocidio pedagógico.
En un estado golpeado por la sequía, por el colapso del suelo y por la migración forzada, negar a los jóvenes el contacto real con la tierra es amputarles la posibilidad de pensar distinto.
El cerebro humano aprende haciendo; sin experiencia, solo memoriza obediencia. Y eso le conviene al poder tradicional: ciudadanos que no cuestionan, que no siembran, que no transforman. La generación joven ya no compra el discurso.
Entiende que rentar parcelas escolares es robarles el futuro a los hijos de los ejidatarios y entregarlo al mejor postor. Entiende que la corrupción también contamina el cerebro social, como un pesticida invisible que mata la creatividad y la dignidad. La tierra no es mercancía.
Es memoria, es escuela, es resistencia. Cada hectárea rentada es una lección perdida; cada silencio institucional, una confesión. Si el poder decidió apostar por la renta y la tranza, que no se sorprenda cuando la juventud decida sembrar rebeldía. Porque cuando el cerebro despierta, ya no vuelve a obedecer.




