Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La conciencia no despierta en silencio. Despierta en medio del ruido, del estrés constante, del bombardeo de miedo que el poder tradicional ha aprendido a administrar como método de control. Hoy, mientras los viejos sistemas políticos se oxidan, una generación entera está reaccionando no desde la ideología heredada, sino desde el cerebro mismo.
Y eso lo cambia todo. La Generación Z creció bajo una estimulación permanente: pantallas, crisis climática, violencia normalizada, precariedad laboral y un futuro cada vez más incierto.
Su sistema nervioso fue moldeado en alerta continua.
La ciencia lo demuestra: el miedo sostenido inhibe el pensamiento crítico y vuelve obediente a cualquier sociedad.
El poder lo sabe y lo explota. Gobiernos que gobiernan desde la amígdala colectiva —desde la amenaza, el caos y la urgencia— producen ciudadanos cansados, no ciudadanos libres.
Pero algo falló en el experimento. Estos jóvenes no se volvieron dóciles: se volvieron conscientes. Su cerebro aprendió a detectar la mentira, la incongruencia, el discurso vacío.
Por eso desconfían de partidos, líderes y rituales democráticos que ya no significan nada. No es apatía: es rechazo neurobiológico a un sistema que no ofrece seguridad, ni sentido, ni futuro. Mientras el poder sigue hablando de crecimiento, ellos hablan de colapso ambiental.
Mientras el Estado defiende industrias que destruyen agua, aire y territorios, ellos entienden —con claridad científica— que no hay economía posible en un planeta muerto. Su conciencia ecológica no es moda: es supervivencia. El cerebro humano no puede prosperar en un entorno devastado, y ellos lo intuyen mejor que nadie.
Se les llama frágiles porque hablan de salud mental. Mentira. Son peligrosamente lúcidos. Entendieron que un sistema que enferma emocionalmente a su juventud es un sistema fallido. Por eso politizan la ansiedad, la depresión y el agotamiento: porque son síntomas sociales, no debilidades individuales.
El poder patologiza al joven para no asumir su propia responsabilidad. La Generación Z no hace política como antes. Hace política desde el cuerpo, desde la emoción, desde la coherencia. Un meme puede ser una bomba semántica.
Un video viral puede desmontar años de propaganda. El cerebro joven procesa rápido, conecta causas globales y no necesita permiso para denunciar. Hoy, el verdadero conflicto no es generacional: es neurológico.
De un lado, un poder que gobierna desde el miedo.
Del otro, cerebros que ya no responden al chantaje. Por eso los atacan, los ridiculizan, los minimizan.
Porque saben que cuando una generación deja de obedecer por reflejo, el sistema empieza a colapsar. La conciencia despertó. Y esta vez, no piensa volver a dormirse.




