ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La democracia no se está muriendo en silencio: está siendo secuestrada a gritos. Gritos de poder viejo, de liderazgos que no entienden el mundo que ya cambió pero que se niegan a soltar el micrófono. La brecha generacional no es una moda: es un choque biológico, cognitivo y político.
Los cerebros jóvenes procesan la realidad de otra manera, pero el poder sigue hablándoles como si aún viviéramos en la era del noticiero nocturno y la obediencia automática.
La neurociencia lo ha demostrado con claridad incómoda: cuando el miedo domina el discurso público, el cerebro deja de razonar y entra en modo supervivencia. La amígdala toma el control, la reflexión se apaga y el autoritarismo se vuelve tentador.
Por eso la polarización no es solo narrativa: es una estrategia.
El poder tradicional aprendió que asustar es más eficaz que explicar. Gobernar desde el miedo es más fácil que gobernar desde la verdad. Pero ese truco tiene fecha de caducidad. Los jóvenes lo intuyen. Saben que cuando hablar implica miedo, cuando opinar se castiga y disentir se criminaliza, la democracia ya está rota aunque siga votando.
Lo que está en crisis no es solo la confianza en las instituciones: es la autoridad moral de quienes las ocupan. En Sonora —y en todo el país— esto no es teoría académica.
Es la vida diaria. Gobiernos que comunican para la cámara, congresos que legislan para el aplauso, líderes que confunden likes con legitimidad. La batalla por la atención define elecciones, reformas y reputaciones, mientras los problemas reales —violencia, agua, tierra, educación, futuro ambiental— siguen sin resolverse.
El cerebro colectivo está saturado de ruido, pero hambriento de sentido. La ciencia también es clara en otro punto: los seres humanos conectamos con historias coherentes, no con slogans vacíos. Entendemos mejor cuando nos explican causas y consecuencias, cuando se abre el cofre negro del poder y se muestra cómo funciona realmente la maquinaria del gobierno. Eso exige algo que al poder le incomoda: transparencia, humildad y responsabilidad.
Nunca había sido tan fácil llegar a millones con una buena historia. No se necesita imprenta ni canal, solo claridad y propósito.
El problema no es técnico, es ético. Y ahí es donde el poder tradicional falla: prefiere manipular emociones antes que construir comprensión compartida. La democracia no se defiende con discursos grandilocuentes ni con violencia simbólica.
Se defiende bajando el tono, elevando los argumentos y asumiendo que el liderazgo real no grita: explica. En un mundo saturado de ruido, la claridad no es neutral. Es un acto de rebelión política. Y hoy, también, de supervivencia democrática.




