Por Ing. Héctor Castro Gallegos
El transporte público en Sonora no es un problema técnico: es una estrategia de poder.
Cada camión viejo, cada espera interminable bajo el sol, cada ruta absurda es un mensaje directo al cerebro colectivo: tu vida vale menos que la renta de una concesión. Cuando un Estado repite ese mensaje todos los días, no gobierna, programa.
Condiciona conductas, desgasta voluntades y administra el cansancio social como método de control. La ciencia lo ha demostrado: los entornos caóticos, estresantes y hostiles deterioran la capacidad de pensar con claridad, reducen la tolerancia, aumentan la agresividad y normalizan la resignación. Un ciudadano agotado decide peor, exige menos y obedece más.
El poder tradicional lo sabe y lo ha usado durante décadas. No es incompetencia: es diseño. Mantener a la gente cansada siempre ha sido más barato que gobernar bien. Pero algo cambió.
La Generación Z no procesa la política como sus padres. Su cerebro detecta la incoherencia en segundos. Escuchan discursos sobre “modernización” mientras viajan hacinados en unidades contaminantes, y el cuerpo les grita la verdad: esto es mentira.
El calor, la ansiedad, el tiempo perdido activan algo que la vieja política no entiende: conciencia. Y cuando el cuerpo despierta, el sistema tiembla. Para los jóvenes, el transporte ya no es un servicio aislado. Es un síntoma del modelo completo. Detrás de cada camión oxidado hay corrupción normalizada.
Detrás de cada ruta ineficiente hay funcionarios que jamás se subirían a lo que administran. Detrás de cada nube de humo hay una decisión que privilegió negocio sobre salud y ambiente. Movilidad, para ellos, es justicia social, salud mental y crisis climática al mismo tiempo.
Piensan en sistema, no en excusas. Mientras el poder sigue diseñando ciudades para autos y no para personas, los jóvenes entienden que un modelo urbano basado en combustibles fósiles y transporte indigno es ambiental y socialmente suicida.
No hay desarrollo respirando smog ni futuro sobre ruedas rotas. La ciencia es clara: ciudades mal planeadas enferman cerebros, rompen comunidades y profundizan desigualdades. Sonora es el laboratorio. Por eso ya no piden “mejoras”. Exigen transformación. Transporte limpio, eléctrico, puntual y digno. Políticas que liberen tiempo y reduzcan estrés, no que lo administren.
Y eso incomoda, porque obliga al poder a dejar de simular. El transporte público es hoy la prueba moral del Estado. O se gobierna para la vida, o se gobierna para el desgaste. La Generación Z ya eligió: no va a normalizar la humillación cotidiana.
En Sonora, los cerebros jóvenes ya no están dormidos. Están varados… pero pensando. Y cuando una generación piensa en movimiento, ningún sistema oxidado logra detenerla.




