POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
El poder vuelve a intentar lo mismo de siempre: convencernos de que la democracia es un gasto, no un derecho; un problema administrativo, no una conquista histórica. Quiere reducirla a números, a costos, a “eficiencia”, como si el voto fuera un trámite y no el último dique contra el abuso.
Pero el cerebro joven —ese que no se traga discursos viejos— sabe algo que la ciencia ha probado: cuando se limita la participación, se activa el miedo; cuando se concentra el poder, se atrofia la inteligencia colectiva. Nuestro sistema nervioso no está diseñado para obedecer ciegamente.
Está hecho para decidir, comparar, disentir.
Las neuronas aprenden mejor en entornos abiertos, con estímulos diversos, con conflicto regulado. Exactamente lo que hace una democracia plural. Cuando el poder tradicional intenta “simplificar” la representación, lo que hace en realidad es apagar sinapsis sociales, reducir opciones, entrenar cerebros sumisos.
Eso no es gobernar: es domesticar.
A los jóvenes nos quieren vender la idea de que las instituciones electorales sobran, que la pluralidad estorba, que la representación proporcional es un lujo. Mentira. Esas reglas existen porque el cerebro humano odia la injusticia percibida.
Cuando el voto no vale lo mismo, se dispara la rabia, la desconfianza, la polarización. La historia lo confirma: menos canales democráticos, más explosión social. Más gritos en la calle, menos debates en el Congreso.
Hoy el poder se dice “del pueblo”, pero actúa contra la diversidad del pueblo. Con poco más de la mitad de los votos pretende ocupar casi todo el espacio político. Eso no es mayoría: es sobre-representación.
Es usar la biología emocional de las masas —identidad, miedo, pertenencia— para justificar una contrarreforma que beneficia a una sola facción. Y cuando una sola facción decide, el futuro se vuelve frágil, también para el planeta. Porque la democracia no solo organiza elecciones: organiza decisiones colectivas sobre agua, energía,salud,educación, territorio, clima.
Sin contrapesos, el extractivismo avanza; sin árbitros autónomos, el dinero sucio se filtra; sin pluralidad, la crisis ambiental se administra para unos pocos. La ciencia lo advierte: sistemas cerrados colapsan más rápido.
Ecosistemas políticos también.
La memoria democrática no es nostalgia: es un archivo vivo que nos recuerda que cada derecho costó presión social, debate, calle y cerebro crítico.
Perderla es retroceder medio siglo. Por eso esta no es una discusión técnica: es una batalla cognitiva. O defendemos reglas que expanden la inteligencia colectiva, o aceptamos un poder que nos quiere cansados, confundidos y callados.
La juventud no quiere menos democracia.
Quiere más futuro.
Y el futuro no se decreta: se elige.




