POR: ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante años el poder repitió una mentira funcional: que los jóvenes estaban distraídos, anestesiados por pantallas, incapaces de pensar políticamente. No era un diagnóstico, era una estrategia. Porque cuando una generación deja de creer que puede cambiar las cosas, el sistema respira tranquilo.
Hoy, esa anestesia se está rompiendo. La ciencia del cerebro lo explica con crudeza: cuando una sociedad somete a su juventud a precariedad prolongada, estrés constante y ausencia de recompensa justa, no produce apatía eterna; produce estallidos.
El cerebro joven es plástico, aprende rápido y detecta la incoherencia con brutal precisión. Cuando el esfuerzo no genera futuro, el sistema deja de ser legítimo. No es ideología: es biología.
La Generación Z no protesta porque haya leído manifiestos políticos, sino porque su cuerpo ya no tolera la disonancia entre lo que se promete y lo que se vive. Empleos sin salario digno, estudios sin movilidad social, ciudades sin vivienda accesible, aire contaminado, agua escasa y gobiernos que hablan de estabilidad mientras normalizan la catástrofe.
El cerebro humano no está diseñado para vivir en alerta permanente sin horizonte.
Cuando eso ocurre, la protesta es una respuesta adaptativa.
El poder tradicional no entiende esto porque opera desde otro tiempo cerebral: el de la acumulación lenta, la herencia, el privilegio amortiguado. Por eso responde con desprecio o represión.
Cree que el problema es la juventud “radicalizada”, cuando en realidad el problema es un sistema que castiga el esfuerzo y premia la cercanía al poder. Los jóvenes no están en contra de la democracia; están en contra de una democracia que no resuelve.
No marchan por conceptos abstractos, sino por sobrevivencia: empleo digno, transporte que funcione, ciudades habitables, justicia ambiental, tecnología que no sea herramienta de control.
Quieren resultados, no discursos. Coherencia, no slogans. México reúne todas las condiciones del choque: una población joven numerosa, más educada que nunca y con menos futuro que sus padres. Se nos dijo que estudiar era la salida, pero el sistema cerró la puerta.
Esa traición tiene efectos neuronales y políticos: erosiona la confianza, dispara la indignación y vuelve insostenible la pasividad. El verdadero riesgo no es la protesta juvenil. El riesgo es seguir gobernando como si el cerebro colectivo no estuviera cambiando.
Porque cuando una generación entiende —con la cabeza y con el cuerpo— que no hay nada que perder, el poder deja de ser estable. La pregunta ya no es si los jóvenes van a irrumpir.
La pregunta es si el sistema será lo suficientemente inteligente para cambiar antes de que el futuro se le vuelva en contra.




