En la vida pública de México, cuesta mucho trabajo pensar en matices y reconocer las virtudes de alguien que no piense igual que uno. Hacerlo nos provoca hinchazón y jamás puede admitirse, aunque en lo íntimo le demos la razón a la otredad.
Lo que vale la pena, en cambio, solo es aquello que nos place y que asegura una coincidencia. No domina el pensamiento crítico: tenemos reacciones. Somos una República entrenada para el reflejo pavloviano.
Aquí se aplaude o se condena dependiendo si perteneces a mi cofradía o no. Se santifica a cualquiera en tanto que tenga un lenguaje uniforme al mío o se quema en leña verde, para que el humo lo haga llorar. A todo lo que nos resulte ajeno, que es bastante, no se le da ningún valor. Todo depende de una sola cosa: que la persona diga algo que coincida —aunque sea ocasional o por accidente— con mi postura política o ideológica del día.
No importa quién sea, qué haya hecho antes ni qué tan compleja sea su trayectoria. Importa el tuit, la frase, el gesto. Lo demás se borra con la facilidad con la que se borra un historial incómodo o se exime de toda responsabilidad a un cuello blanco, antes de investigarlo.
Así hemos perfeccionado una curiosa forma de inmadurez política: la incapacidad de separar la obra de su autor de su persona; de apartar la acción del contexto; de distinguir dónde termina la crítica y dónde comienza el odio, o cuándo un aplauso es valedero y cuándo la admiración brinca el cerco para caer en el potrero del fanatismo.
Aquí no se analiza ni se pone en duda nada: se toma partido. Y punto. La lealtad antes que la verdad. Pero nunca la lealtad con la verdad.
Que se cuide el adversario o el discrepante, porque de él se dirá lo peor y después averiguamos si los hechos imputados son ciertos o no. Que deje de preocuparse mi afín —de tantos años o apenas desde ayer— porque nada de lo que escuchemos de su trayectoria lo creeremos, por más que en años anteriores haya militado en el podrido clan de mis rivales.
Este es un fenómeno en el ágora contemporánea de mi país y es alarmante. Bueno, al menos para mí, pues batallo para condescender con alguien solo por ser mi amigo, mi correligionario o un feligrés más de la iglesia donde cada domingo comulgo.
Que le dé la razón alguna vez a quien, en lo general, discrepa conmigo, no significa que estemos construyendo principios comunes.
Esto aún no se comprende ni se digiere. Y, en cambio, si a dos personas antagónicas se les ve platicar en un café o aparece una fotografía que nadie sabe quién tomó, darán por hecho que se han convertido en una sola cuartelada. A uno y a otro se les linchará en redes por claudicar.
Porque ya no se exigen pruebas: se elige bando. La veracidad ha sido desplazada por la conveniencia, y la cordura por la calumnia. La personalización del conflicto, el pensamiento binario, la búsqueda de aplauso inmediato y la poca tolerancia a la crítica dominan la escena.
Lo contrario implicaría autocontrol, visión de largo plazo y respeto por las reglas del juego democrático. Pero, en la mayoría, notoriamente no se quiere. Y todavía salen con la desfachatez de que “así es la política”.Mas bien, así es la política que ellos y ellas hacen, sin distingo de siglas y sin que parezca darles vergüenza.
Si el señalado es adversario, no se exige que se lo prueben (y no es albur); basta la acusación para declararlo culpable. La sospecha se convierte en sentencia y el rumor en prueba suficiente.
En cambio, si el implicado pertenece al grupo con el que simpatizamos, se le presume inocente sin reservas, se desacredita cualquier señalamiento y se interpreta toda crítica como persecución o infundios de los opositores.
No es un fenómeno exclusivo de una corriente política, ni del hoy gobierno ni de los que ya no lo son. Es un rasgo transversal de nuestra cultura pública muy mexicana y de la forma tan decadente de hacer política.
Se ha instalado una lógica tribal, automática, inmadura y convenenciera: lo que favorece a “los nuestros” se defiende con rabia; lo que beneficia al “otro” se cuestiona sin tregua. La coherencia deja de ser principio para convertirse en instrumento de mezquina simulación.
La política, que debería ser un espacio de deliberación racional y de puntos de acuerdo razonados, se ha transformado en una arena de lealtades. La identidad partidista sustituye al análisis.No importa qué se dice, sino quién lo dice. No importa la solidez del argumento, sino el color de la camiseta. Todo se toma como un acto de fe, sin razonamiento de por medio.
Aristóteles decía que “la política es la ciencia práctica y la actividad suprema que busca el bien común, la justicia y la ‘vida buena’ (eudaimonia) de los ciudadanos dentro de la polis”. Para Maquiavelo, la política es el arte de conquistar, mantener y aumentar el poder del Estado, separada totalmente de la moral o la religión.
Son apreciaciones distintas, pero no importaría mientras los actores actuales estuvieran a la altura de estos dos hombres. Nomás que es exigir mucho, muchísimo, si en lugar de estos figurones vemos en tribuna, como si formaran parte de la AAA, al pendenciero de Fernández Noroña y al respetabilísimo Salgado Macedonio o Sergio Gutiérrez Luna y en la otra esquina, o en el cartel de esta lucha campal, están lleno de gracia y simpatía Alejandro Moreno, Federico Döring y el tuerto en la cámara de ciegos, Damián Zepeda.
Vivimos en un reality político imborrable, donde cada declaración es prueba de lealtad y cada silencio, una traición. Y eso, lejos de ser compromiso cívico, es pereza neuronal.
Una misma conducta puede ser escandalosa o justificable según el actor. Un mismo discurso puede dictaminarse como brillante o absurdo según a quién beneficie.Y lo más inquietante: quien hoy es exaltado sin reservas, mañana puede ser denostado con la misma intensidad si cuestiona a un líder o a una estructura de poder previamente defendida.
La presunción de inocencia —pilar del Estado de Derecho— se vuelve selectiva. La exigencia de pruebas ya no es un estándar universal, sino un recurso estratégico. Se aplica cuando conviene y se ignora cuando estorba.
Este comportamiento no solo empobrece el debate; debilita la vida democrática. Una sociedad madura no es aquella que coincide en todo, sino la que sostiene principios aunque incomoden a los propios.
La verdadera madurez política consiste en poder decir: “Es de mi partido, pero si hay evidencia debe investigarse”, o bien: “Es mi adversario, pero sin pruebas no lo condeno”.
Sin esa autonomía intelectual, la discusión pública se convierte en eco y no en reflexión. Cuando la lealtad sustituye a la verdad, lo que se erosiona no es solo la credibilidad de los actores políticos, sino la confianza colectiva en las instituciones y en la justicia.
Esta contienda de impolutos contra impolutos también arrastra a otros actores que gravitan en estas órbitas políticas. Alguien un día puede ser “voz indispensable del pensamiento latinoamericano” y, al siguiente, “intelectual vendido a la familia del poder”.
No importa la obra, el contexto ni la trayectoria. Importa el posicionamiento más reciente, preferentemente reducido a un tuit de 280 caracteres. El pasado se borra. La memoria estorba.
Ahí está Octavio Paz, convertido durante años en una caricatura priista para no leerlo. Porque leer cansa y pensar incomoda. Más fácil decir “ese señor era del sistema” y listo: El laberinto de la soledad al bote de la basura. Su obra poética y su herencia literaria ni se diga.
Hace muchos años pasó eso, pero recientemente con Vargas Llosa fue aún más divertido: de escritor monumental pasó a “señor reaccionario” en tiempo récord. Su obra no envejeció mal; envejeció su opinión política.
En la música, el circo es más ruidoso. Si Bad Bunny dice lo que quiero oír, es un artista comprometido, consciente, histórico. Si mañana alabara a Trump, mágicamente descubriríamos que no es Enrico Caruso, y que su música es basura, y que el reguetón es el sarampión de los actuales tiempos de la civilización.
Esto no solo pasa más allá de las fronteras. Aquí no nos quedamos atrás y lo hacemos con entusiasmo patriótico.
Rubén Albarrán expresó sus decepciones sexenales y, de inmediato, Cafeta dejó de ser parte de la banda sonora de varias generaciones para convertirse en el soundtrack de la traición.
De igual manera, Susana Zabaleta opinó distinto y, de pronto, ya no canta, ya no actúa, ya no vale nada. Décadas de carrera borradas por no leer bien el guion. Porque en México no se evalúa el arte por su calidad, sino por su obediencia.
Aquí no se tolera la complejidad ni es posible modular la apreciación de lo que sucede. Queremos santos o villanos, aplausos o la hoguera. La crítica matizada nos parece tibia; la duda, sospechosa; la discrepancia, imperdonable.
Lo más irónico es que quienes se creen más críticos son, la mayoría de las veces, los más dogmáticos y olvidadizos. Cambian de ídolos con la misma rapidez con la que cambian de ropa interior.
Convencidos de que pensar, aunque sea de vez en cuando, sin el guion que te interiorizaron unos cretinos disfrazados de insurgentes, es necesario y no tienes que enfrentar la culpa.
Haz el esfuerzo y verás: cuando lo logres, ya no necesitarás marchar con el tumulto en redes ni intentar linchar a alguien en la plaza pública digital, nada más para sentir que tienes razón.
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