“Si todos son corruptos, entonces nadie es corrupto.” Esa frase no es resignación: es el diseño perfecto del poder. Una estrategia de saturación moral. Cuando todo escándalo vale lo mismo, nada vale nada. Y ahí, en esa confusión programada, el poder tradicional se blinda.
La prensa tiene responsabilidades que van más allá de la ley. Tiene una responsabilidad neurológica y democrática: sabe que el cerebro humano responde con mayor intensidad a lo inmediato, a lo emocional, a lo indignante. El escándalo activa dopamina; la furia se comparte más que la investigación. Lo superficial circula más rápido que la verdad estructural. Y el poder lo sabe.
Por eso resulta tan funcional convertir el periodismo en un catálogo de relojes, cinturones y vuelos en premier. “Miren cuánto cuesta”. “Miren qué marca usa”. Es contenido perfecto para la arquitectura digital del enojo. Pero políticamente es pólvora mojada. Porque no explica el sistema, sólo alimenta el morbo.
Hace décadas, exhibir los excesos del presidente no priista era romper un mito. Hoy, publicar el precio de un collar es rutina. La tecnología abarató la indignación y encareció la profundidad. Seguir el dinero ya no significa rastrear contratos, triangulaciones o empresas fantasma; ahora parece bastar con googlear una etiqueta.
Y mientras el periodismo compite por clics en el salón de belleza del Senado, los verdaderos engranajes del poder respiran tranquilos. Los presupuestos opacos, la devastación ambiental autorizada en lo oscuro, las concesiones energéticas que hipotecan el futuro, quedan fuera del radar emocional. No generan el mismo pico neuronal que una foto en Instagram.
El resultado es letal: una ciudadanía saturada, cínica, agotada. Si todos son iguales, ¿para qué exigir? Si cada día hay un “escándalo” nuevo, ¿qué merece realmente indignación? La repetición trivial anestesia. Y un pueblo anestesiado es el sueño húmedo de cualquier élite.
No se trata de absolver a nadie. Se trata de entender que reducir la corrupción a estética es funcional al sistema. El problema no es cómo visten, sino cómo gobiernan; no es cuánto cuesta el reloj, sino cuánto nos cuesta su decisión pública en bosques talados, ríos contaminados y jóvenes sin futuro.
La generación que creció entre crisis climática y precariedad laboral no quiere chismes premium: quiere trazabilidad, datos, responsabilidades penales. Quiere saber quién firmó, quién autorizó, quién se benefició. Quiere estructura, no espectáculo.
Cuando el periodismo abdica de esa tarea y se vuelve verificador de precios, el poder gana dos veces: controla la agenda y erosiona la credibilidad. Y entonces la profecía se cumple: si todos son corruptos, nadie lo es. Porque nadie es verdaderamente investigado.
La democracia no muere sólo con censura. También muere con frivolidad

