Nos dijeron que la crisis era apatía juvenil. Que no participamos porque somos indiferentes, porque vivimos en redes, porque no entendemos “la importancia de la política”. Pero la verdad es otra: no estamos dormidos, estamos hartos de ser tratados como audiencia.
El poder —gobierno y oposición— aprendió algo que muchos ciudadanos aún no saben: el cerebro no responde primero a la razón, sino a la expectativa. La dopamina no premia lo que se cumple, sino lo que se promete. Por eso la política vive en campaña permanente. No necesita resolver; necesita mantenernos esperando.
El gobierno en turno administra esperanza en dosis pequeñas y frecuentes: anuncios, discursos, enemigos reciclados, símbolos emotivos. Cada mensaje activa la ilusión de que ahora sí viene el cambio. No importa si el agua escasea, si el calor rompe récords o si el futuro ambiental se vuelve incierto; mientras la expectativa siga viva, el ciclo químico también.
La oposición no rompe el esquema. Cambia el tono, no el mecanismo. Sustituye esperanza por indignación, promesa por catástrofe. Escándalo tras escándalo, crisis tras crisis. El enojo también libera dopamina. También engancha. También convierte la política en espectáculo.
Y en medio estamos nosotros. Somos la generación que creció entre notificaciones, campañas permanentes y crisis ambientales reales. Nos hablan de progreso mientras los acuíferos bajan, mientras el desierto avanza, mientras el aire pesa más cada año. Nos piden participación, pero nos ofrecen estímulo. Nos piden compromiso, pero nos tratan como mercado. Por eso muchos jóvenes no participan. No es desinterés: es desconfianza. No es ignorancia: es intuición. Percibimos que la pelea pública muchas veces es teatro, que la polarización alimenta algoritmos y no soluciones, que la política se volvió economía de la atención.
Gobierno y oposición compiten por minutos en nuestra mente, no por décadas en nuestro futuro. Y cuando la política se convierte en negocio emocional, la juventud se retira no por apatía, sino por dignidad. Porque no queremos elegir entre dos estrategias de manipulación. Queremos profundidad, coherencia y políticas que piensen más allá del siguiente estímulo.
Si hoy hay distancia entre jóvenes y poder, no es un defecto generacional. Es el resultado de un sistema que prefirió administrar dopamina antes que construir futuro.




