POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La vieja política aprendió algo de la neurociencia: el poder no se conserva con argumentos, sino con estímulos. Recompensa a los leales, castiga a los críticos y activa el circuito de pertenencia tribal. Dopamina para la militancia, miedo para la disidencia.
Hoy vemos nacer nuevos partidos que prometen aire fresco, pero huelen al mismo perfume: estructuras recicladas, liderazgos conectados al poder en turno y una coreografía diseñada para no incomodar al sistema que dicen renovar.
Cuatro agrupaciones buscan registro. Cuatro marcas que intentan vender novedad.
Pero la pregunta no es cuántos logos habrá en la boleta de 2027, sino cuánta autonomía real existe detrás de ellos. Cuando los impulsores provienen de las mismas élites partidistas, el cerebro colectivo detecta el patrón: cambio superficial, continuidad profunda.
Es el mismo hardware con distinto empaque. La estrategia es clara. Fragmentar la conversación pública, simular pluralidad y administrar la indignación. La neurociencia lo explica: saturar de opciones reduce la energía crítica y aumenta la confusión.
Un ciudadano confundido es un ciudadano más fácil de conducir. Se le da la ilusión de elegir mientras las rutas fundamentales permanecen intactas. Algunos proyectos se alinean con la plataforma gubernamental; otros se presentan como “oposición real”.
Pero incluso la oposición puede convertirse en pieza funcional del engranaje si no cuestiona la raíz del modelo: concentración de poder, captura institucional y decisiones alejadas de la ciudadanía. Cambian los discursos; no cambia la estructura.
Hay también un componente ideológico que apela a emociones primarias: identidad, familia, tradición, patria.
Son palabras poderosas porque activan memorias profundas. Pero cuando se usan para justificar privilegios fiscales, concesiones especiales o influencia religiosa en lo público, ya no es defensa de valores: es disputa por presupuesto y control simbólico.
La juventud no compra etiquetas. Exige coherencia ambiental, justicia climática, transparencia radical. No quiere partidos que negocien cuotas; quiere instituciones que rindan cuentas. La ciencia es contundente: sistemas cerrados, sin retroalimentación auténtica, terminan colapsando.
Lo mismo ocurre con ecosistemas devastados por decisiones políticas miopes. El dictamen electoral definirá quién obtiene registro.
Pero la legitimidad no la otorgan once votos en un consejo; la otorga una ciudadanía despierta. Si estos partidos nacen para reforzar al poder tradicional, serán vistos como extensiones del mismo cerebro adicto al control. Y cuando la sociedad identifica la manipulación, la reacción no es apatía: es ruptura.
México no necesita más siglas. Necesita menos simulación. Porque cuando la política se convierte en laboratorio de ingeniería emocional, la democracia deja de ser pacto y se vuelve experimento.
Y ningún país merece ser tratado como conejillo de indias del poder.




