Por Ing. Héctor Castro Gallegos
El poder ya no necesita silenciar a la juventud; le basta con administrarla.
Aprendió que la censura genera mártires, pero la distracción genera consumidores. Hoy la disputa política no ocurre solo en las cámaras legislativas ni en las urnas: ocurre en el cerebro.
Quien domina la emoción colectiva, gobierna la conducta. Y el espectáculo permanente es su laboratorio.
La ciencia es clara: las decisiones humanas nacen primero en la emoción y después se justifican con la razón.
El cerebro joven, dinámico y apasionado, responde al estímulo inmediato, a la recompensa simbólica, al sentido de pertenencia.
El sistema lo entiende mejor que nosotros. Por eso no combate la rebeldía: la diseña. Nos permite expresarnos mientras no cuestionemos la estructura económica que concentra riqueza, tierra y poder político.
Nos dejan marchar, publicar, gritar, vestir distinto. Nos conceden visibilidad digital, pero nos niegan incidencia real.
Esa es la trampa: convertir la inconformidad en estética. La indignación se vuelve tendencia; la protesta, contenido; la rabia, mercancía.
El cerebro recibe su dosis de euforia y la sensación de participación sustituye a la transformación.
Mientras tanto, la pregunta esencial queda fuera del algoritmo: ¿quién se beneficia de que todo siga igual? La rebeldía permitida no toca privilegios.
No señala la acumulación obscena de capital ni el saqueo sistemático de los recursos naturales. No enfrenta el modelo extractivo que incendia bosques, seca ríos y desplaza comunidades. La crisis ambiental no es un accidente: es el resultado lógico de un sistema que convierte la Tierra en inventario y la juventud en mercado.
Se sobreestimulan nuestras mentes mientras se sobreexplota el planeta. Se nos ofrece identidad antes que soberanía.
Nos quieren emotivos, no organizados; visibles, no decisivos. El conocimiento científico sobre el comportamiento humano no se usa para emancipar, sino para modular la indignación y mantenerla dentro de márgenes seguros.
Pero la generación que despierta ya no confunde representación con poder. Entiende que conciencia social y conciencia ambiental son inseparables. Sabe que sin organización colectiva no hay transformación estructural. Y que la política real no busca aplausos del sistema, sino incomodarlo.
Si el poder te celebra, no lo estás desafiando. La juventud no nació para ser audiencia. Nació para ser fuerza histórica. La rebeldía auténtica no se vende, no se administra y no se permite: se ejerce.




