Mi Gusto es o la otra Mirada. Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay un efecto curioso —y peligrosamente recurrente— en quienes gobiernan. Durante el tiempo que detentan el poder, desarrollan una suerte de filtro auditivo de alta precisión: captan con nitidez quirúrgica cualquier elogio, pero repelen de inmediato toda crítica.
No es sordera total; es una afinación selectiva.
Y ninguna academia o disciplina lo ha estudiado como merece. Politólogos, otorrinolaringólogos y especialistas en conducta podrían encontrar allí un campo fértil para tesis memorables.
No se trata de una patología clínica sino de un fenómeno político: el poder no se vuelve anacúsico; se vuelve estratégicamente hipoacúsico.
Deja pasar vítores y bloquea objeciones.
Quien gobierna comienza a escuchar únicamente aquello que confirma su narrativa. Lo demás se convierte, por arte y gracia de la conveniencia, en conspiración extranjera, en envidia mal disimulada o en berrinche sin sustento.
La crítica ya no es advertencia sino traición. Y admitir un error no es señal de madurez, sino afrenta personal.Así se instala una peligrosa ilusión de infalibilidad.
El fenómeno no reconoce fronteras.
En Argentina, durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional, se ignoraron denuncias por desapariciones y el deterioro económico mientras se apostaba a la Guerra de las Malvinas como tabla de salvación política. La derrota militar de 1982 precipitó el colapso del régimen. La realidad, como suele ocurrir, terminó imponiéndose.
En Perú, Alberto Fujimori concentró poder y desestimó acusaciones de corrupción y autoritarismo hasta que los “vladivideos”, algo que incluso Rene Bejarano reprobaria,hicieron imposible seguir afinando el oído.
Renunció en el año 2000 y huyó del país.
En Chile, Augusto Pinochet convocó el plebiscito de 1988 convencido de que lo ganaría. Subestimó el rechazo social y la presión internacional.
Perdió y dejó el poder en 1990.
En México, Porfirio Díaz llegó a creer que la silla presidencial era un mueble hereditario. La Revolución le recordó que ningún mandato es eterno.
Décadas después, el Partido Revolucionario Institucional desarrolló otra teoría silenciosa: si el poder dura demasiado, debe ser natural. Setenta años más tarde, también descubrió que no lo era.
Más tarde ocurrió algo similar con el Partido Acción Nacional, que pasó de oposición moral a gobierno desconcertado en menos tiempo del esperado, y tambien con el Partido de la Revolución Democrática, que sin haber habitado Los Pinos( pero si visitarlo con frecuencia) logró fracturarse con admirable eficacia.
A este último se le advirtió una y otra vez sobre sus divisiones internas, sus tribus, sus prácticas cuestionables. Prefirió sonreír y descalificar. Cuando la autocrítica llegó, ya no quedaba partido que salvar, solo la disputa por el botín restante.
En España también ha sucedido —porque la soberbia no necesita visa— y en Nicaragua el sandinismo vivió su propio amanecer amargo.
Como relató Ernesto Cardenal cuando visitó Hermosillo, la derrota parecía inconcebible… hasta que llegó. Sentados en la banqueta, intentando comprender lo ocurrido, descubrieron que lo inevitable había sido, en realidad, evitable.
Podría seguir citando ejemplos —porque abundan— pero traigo gripa y me canso, ganso.
En todos los casos,la soberbia opera como hilo conductor.
Cuando el poder dura demasiado, se percibe eterno. Cuando la victoria es amplia, se imagina irreversible. Cuando la oposición parece fragmentada, se la juzga irrelevante. Y así, paso a paso, se va perdiendo el hábito de escuchar.
Se empieza descalificando al adversario con verdades a medias y se termina descalificando la realidad.
Se acusa de todos los males al poder que se desea sustituir y, sin advertirlo, se adoptan sus mismos vicios.
Se prometió escuchar y se termina filtrando. Se juró no repetir errores y se perfeccionan los mecanismos para ignorarlos.
Pero las derrotas rara vez son meteoritos. No caen del cielo de forma inexplicable. Son grietas que nadie quiso reparar mientras aún eran pequeñas. Son advertencias archivadas por incómodas. Son diagnósticos desestimados.
Lo verdaderamente trágico no es perder. Es descubrir que pudo evitarse.
Porque el perfume seductor del poder tiene un efecto persistente: nubla la vista justo cuando más se necesita claridad. Y cuando por fin se despeja la neblina, el escenario ya cambió.
Entonces quedan miradas que añoran lo que pudieron prevenir.
Porque escuchar nunca fue una amenaza. Era la oportunidad.
Y peor aún: Lo verdaderamente trágico no es la derrota. Es descubrir que pudo evitarse.
Pero ya ni llorar es bueno.


