Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La política municipal se vendió durante años como la puerta más cercana a la democracia.
Nos dijeron que el cabildo era la casa del pueblo y que el presidente municipal era el primer servidor público. Pero la juventud ya no compra símbolos vacíos. Hoy observa con lupa científica cómo funciona el poder local y descubre algo incómodo: el sistema no solo administra recursos, administra emociones.
La neurociencia ha demostrado que el cerebro humano responde con intensidad a la recompensa inmediata, al conflicto y al espectáculo. El poder tradicional lo sabe. Por eso convierte cada sesión en teatro, cada informe en estímulo, cada promesa en descarga de dopamina colectiva.
Nos entrenaron para reaccionar, no para reflexionar. Para aplaudir anuncios, no para auditar decisiones. Para indignarnos un día y olvidar al siguiente. Pero esta generación creció entendiendo cómo opera su propia mente. Sabe que la manipulación emocional es una estrategia política.
Sabe que el miedo activa, que la polarización engancha y que el aplauso fácil anestesia la crítica. Y por eso ya no se conforma con discursos desde la silla principal del cabildo.
Exige datos, evidencia, transparencia real. Exige participación vinculante, no micrófonos simbólicos. En Sonora y en todo el país, los jóvenes han descubierto que el municipio no es un escenario menor: es el laboratorio donde se decide el agua que bebemos, el aire que respiramos, el transporte que usamos y los contratos que hipotecan el futuro ambiental. Mientras el planeta arde y la crisis hídrica golpea con fuerza, muchos gobiernos locales siguen atrapados en inercias clientelares, licitaciones opacas y prioridades que no dialogan con la emergencia climática.
La acusación es directa: el poder municipal ha subestimado la inteligencia de su juventud. Creyó que bastaban eventos, selfies y consejos juveniles decorativos. Pero se enfrenta a una generación que entiende de neuroplasticidad, de sostenibilidad, de economía circular y de participación digital estratégica. Una generación que no quiere ser espectadora del cabildo, sino contrapeso permanente. Hoy el cabildo ya no es tribuna ceremonial: es campo de vigilancia ciudadana.
Cada voto de un regidor, cada contrato aprobado, cada silencio ante la crisis ambiental queda registrado, compartido y analizado. La dopamina ya no la produce el espectáculo político, sino la organización colectiva.
El mensaje es claro: si el poder tradicional sigue apostando por manipular emociones en lugar de rendir cuentas, perderá algo más que elecciones. Perderá legitimidad histórica.
Porque la juventud no busca destruir instituciones; busca reprogramarlas. Y cuando una generación decide reconfigurar el sistema desde la raíz municipal, el país entero empieza a cambiar.




