POR ING.HECTOR CASTRO GALLEGOS
Nos dijeron que el poder estaba en la silla.
Que bastaba con cambiar el nombre en la placa para que el país cambiara de rumbo.
Que la investidura era un acto casi mágico donde la voluntad individual se volvía destino colectivo.
Pero nuestra generación ya no compra esa ficción. Sabemos —porque la ciencia lo demuestra— que el poder real no es teatral, es estructural. Y lo estructural en este país está diseñado para conservarse, no para transformarse. La neurociencia lo deja claro: el cerebro humano tiende a proteger lo conocido.
Las redes neuronales prefieren la repetición antes que el cambio; la amígdala reacciona con alarma ante la incertidumbre; el sistema de recompensa se activa con la conservación del estatus. Ahora imaginen eso trasladado a un aparato estatal.
Burocracias completas funcionando como cerebros rígidos, defendiendo inercias, bloqueando amenazas, castigando la disrupción. No es metáfora: es biología aplicada al poder. Nos hablan de facultades constitucionales, de decretos, de vetos, de nombramientos. Pero tener autoridad no es lo mismo que tener control.
El cerebro no se transforma por una orden externa; necesita reconfiguración profunda, plasticidad, repetición estratégica. Lo mismo ocurre con el Estado. El problema es que quienes llegan arriba suelen confundir micrófono con mando.
Creen que comunicar es gobernar. Y no. El discurso estimula emociones, sí, pero no reprograma sistemas complejos.
La evidencia científica es incómoda: los discursos rara vez cambian preferencias profundas.
El cerebro filtra lo que no encaja con su marco previo. Por eso el espectáculo político produce aplausos inmediatos pero reformas frágiles. La dopamina del anuncio sustituye al trabajo silencioso de rediseñar procesos.
Y mientras tanto, el aparato sigue operando bajo las mismas conexiones de siempre. Aquí está la acusación directa: el poder tradicional lo sabe. Sabe que la estructura es más fuerte que la persona. Sabe que puede absorber líderes, neutralizar impulsos, convertir rebeldías en trámites administrativos.
Sabe que la maquinaria desgasta más rápido de lo que cualquier voluntad resiste. Y por eso nos venden la ilusión presidencial como si fuera revolución.
Pero nuestra generación entiende otra cosa. Entiende redes, entiende sistemas, entiende que el cambio real implica rediseñar incentivos, reorganizar flujos de información, medir resultados, sostener coherencia. Entiende que gobernar no es acelerar, es alinear.
Y que sin arquitectura institucional, todo impulso termina en frustración colectiva. Además, el cerebro joven es más plástico. Más abierto a lo nuevo, más dispuesto a cuestionar marcos heredados. Eso no es romanticismo: es ciencia.
Y esa plasticidad es nuestra ventaja histórica frente a un poder envejecido que opera con circuitos rígidos, incapaz de adaptarse a la crisis climática, a la desigualdad brutal, al colapso ambiental que ellos mismos administraron.




