POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La escena es brutal y, por eso mismo, reveladora: niños empuñando armas como si fueran extensiones naturales de sus manos. No nacieron violentos; fueron moldeados.
El poder tradicional insiste en narrar la violencia como una desviación moral, pero la ciencia del cerebro dice otra cosa: cuando un sistema condena a la infancia al estrés crónico, al miedo permanente y a la carencia absoluta, reconfigura sus circuitos de decisión. No es ideología: es biología social.
Un cerebro sometido a amenaza constante aprende a sobrevivir, no a convivir. La juventud lo entiende con una claridad que incomoda. Sabe que la política que gobierna desde el escritorio ignora cómo se forma la conducta humana.
La impulsividad no surge del vacío; se entrena.
La recompensa inmediata —dinero, pertenencia, respeto— activa los mismos mecanismos neuronales que el Estado nunca supo estimular con educación, cultura o futuro.
Cuando el poder abandona, el crimen educa. Así de simple. Así de brutal.
Hablan de seguridad mientras normalizan barrios sin árboles, escuelas sin ciencia y hogares sin agua.
La violencia también es ambiental.
El cerebro infantil necesita entornos estables para desarrollarse; el abandono ecológico y urbano genera el mismo daño que la pobreza económica. Políticas extractivas, territorios saqueados, comunidades rotas: todo eso se imprime en la mente joven como una sentencia.
Luego se escandalizan cuando esa sentencia se cumple. La narrativa oficial culpa al individuo y absuelve al sistema. Pero los jóvenes ya no compran ese discurso.
Saben que un niño armado es el síntoma extremo de un Estado que decidió no prevenir. La neurociencia es clara: castigar después no repara lo que se destruyó antes.
Sin inversión temprana, sin estímulos cognitivos, sin redes comunitarias, el cerebro aprende a responder con violencia porque nadie le enseñó otra salida. El poder tradicional teme esta lectura porque lo desnuda.
Porque revela que la violencia no es un accidente sino un resultado. Porque acusa décadas de políticas que priorizaron control sobre cuidado, represión sobre prevención, cifras sobre vidas.
Y porque expone una verdad incómoda: la seguridad real no se construye con armas, sino con cerebros sanos. Esta generación no pide discursos; exige rediseño. Educación que entrene pensamiento crítico, ciudades que no enfermen la mente, economías que no obliguen a elegir entre hambre y crimen.
Exige que la política entienda cómo funciona el cerebro humano antes de seguir dictando leyes que lo rompen.
Los niños armados son el espejo que el poder no quiere mirar. Pero los jóvenes ya lo están sosteniendo frente a su rostro. Y esta vez, no van a bajar la mirada.




