POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
El poder nos dice que ganaron.
Que fue contundente.
Que el pueblo habló.
Pero nadie explicó cómo una minoría de votos se transformó en una mayoría absoluta de poder. Nadie quiso detenerse en la alquimia oscura que convierte porcentajes en dominio, pluralidad en obediencia, democracia en trámite administrativo. No fue magia: fue diseño.
El poder tradicional ya no se impone con tanques ni golpes de Estado. Hoy gobierna con reglamentos torcidos, interpretaciones cómodas y silencios institucionales. Se disfraza de legalidad para ocultar su trampa favorita: ganar menos y mandar más.
Y mientras la juventud se desvela trabajando, estudiando o sobreviviendo, otros duermen tranquilos sabiendo que el sistema ya hizo el trabajo sucio por ellos. La narrativa oficial repite que todo fue “conforme a la ley”. Pero la ley también puede ser un arma cuando se estira hasta romper la voluntad popular.
Cuando una fuerza política obtiene muchos menos votos de los que recibe en poder real, lo que existe no es representación: es sobrerrepresentación maquillada. Es una estafa elegante, con sellos y resoluciones.
A los jóvenes nos quieren convencer de que así funciona la política, de que siempre ha sido así, de que no entendemos “la técnica”.
Pero entendemos demasiado bien cuando el juego está cargado. Sabemos reconocer cuándo las reglas se escriben para beneficiar a los mismos de siempre, aunque cambien de colores, discursos o eslóganes.
Lo más grave no es el abuso, sino la normalización. Que se celebre la desproporción como victoria histórica. Que se confunda mayoría legislativa con permiso para aplastar disidencias. Que se use el discurso del pueblo para concentrar poder y callar al propio pueblo cuando incomoda. Esta no es una discusión de abogados ni de expertos electorales.
Es una discusión moral. ¿Vale lo mismo cada voto o no? ¿La democracia sirve para reflejar a la sociedad o para administrarla desde arriba?
¿El poder responde o se impone?
Cuando la juventud mira este escenario, no ve estabilidad: ve un sistema viejo defendiendo privilegios nuevos. Ve un poder que no escucha porque no lo necesita. Ve instituciones que deberían equilibrar y que prefieren acomodarse.
La democracia no muere de un día para otro. Se erosiona. Se desgasta. Se abarata. Y cuando alguien se atreve a decirlo, lo acusan de exagerado. Pero la historia es clara: ninguna mayoría fabricada es eterna. El problema no es que ganen.
El problema es que quieran gobernar como si fueran todos. Y no lo son.




