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Home MI GUSTO ES
Los otros impunes

De dominadas (sin 8M) a las que dominaron

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
7 marzo, 2026
in MI GUSTO ES
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En aquellos años, cuando el balón aún no sabía que también podía obedecer a los pies de una mujer, en los barrios y en uno que otro estadio con cancha de tierra, podrías encontrarte ciertas rebeldías silenciosas.

No se organizaban marchas ni se redactaban manifiestos; bastaba con un balón de cuero medio desinflado, muy pesado si es que se mojaba en un charco o con la lluvia, y una banqueta que hiciera las veces de tribuna popular.
Ahí estaban ellas echando raíces.

La Chely y la Anaís, hija del Memo.

Por recordar algunas.
Y otras tantas, cuyos nombres esas calles de por ahí recuerdan mejor que las hemerotecas. Ellas jugaban cuando el balompié femenino no era tendencia, ni política pública, ni campaña promocional rumbo a ningún mundial.

Entre otras prácticas estaban las dominadas, una liturgia futbolera del barrio que, de verse solo en los varones, luego también las mujeres se aficionaron a ese reto consistente en mantener la pelota en el aire mediante pequeños golpecitos sucesivos con el pie, la rodilla, el empeine o la cabeza, como algún malabarista lo pudo hacer con maracas o antorchas encendidas.

Es un ejercicio de paciencia, equilibrio y coordinación que muestra dos virtudes fundamentales: control y perseverancia.

Virtudes que, por cierto, suelen escasear en ciertos espacios donde el balón no aparece, pero el poder sí.

Aunque en esos lugares, curiosamente, abundan los especialistas en patear el balón… cuando ya está fuera de la cancha.

Pero volvamos al llano para no quedar en fuera de lugar u offside, aunque no haya VAR.
Porque en ciertas canchas públicas el VAR tampoco existe, pero las faltas se siguen marcando… dependiendo de quién las cometa.

Las muchachas del barrio podían encadenar diez, veinte, treinta dominadas sin que el balón tocara el suelo. Y aunque nadie lo dijo entonces —porque el barrio no acostumbra teorizar sobre sus propias metáforas— lo que hacían era algo más que un ejercicio deportivo.

El barrio prefiere jugar primero y teorizar después, costumbre que a veces produce mejores resultados que el método inverso.

Era una forma de mantenerse en pie dentro de un juego que, en apariencia, no había sido diseñado para ellas o al menos se les marginó, por más que el primer partido oficial de fútbol femenino tuviera lugar el 23 de marzo de 1895 (treinta años después de un juego oficial de hombres) en Londres, Inglaterra, en esa disputa entre los equipos North (apodado el rojo) y South (azul) en el campo del Crouch End Athletic, en la capital inglesa, a decir de la FIFA.

Pero no había manifiestos, ni consignas, ni pancartas. Tampoco existía la expectativa de que cada partido fuera acompañado por un debate académico sobre igualdad de oportunidades.

En el caso de la Chely o la Anaís, y tantas más que vi, ellas llegaban, amarraban las agujetas y jugaban, hasta que, con el paso de los años, el fútbol femenino dejó de ser rareza para convertirse en presencia.

Aparecieron torneos, ligas organizadas, proyectos deportivos, programas institucionales, campañas de promoción y, finalmente, estadios donde miles de personas descubrieron con cierta sorpresa que las mujeres también podían jugar fútbol con bastante más talento que algunos comentaristas o dos que tres equipos varoniles de media tabla.

Nada de eso surgió por generación espontánea.

Entre una dominada y otra, aquellas muchachas del barrio habían estado haciendo algo bastante más importante que patear un balón: estaban acostumbrando al mundo a verlas jugar.

Lo notable es que jamás se adjudicaron la hazaña.
Nunca proclamaron que estaban “abriendo brecha”, expresión que suele aparecer cuando la brecha ya fue abierta por alguien más. Tampoco reclamaron medallas simbólicas ni homenajes póstumos en vida.
Simplemente siguieron jugando.

Quizá porque sabían —o intuían— que las transformaciones duraderas no suelen anunciarse con fanfarrias. Más bien ocurren de forma silenciosa, casi doméstica, como quien aprende a dominar el balón en la banqueta mientras el resto del barrio sigue discutiendo si eso debería hacerse.

Con el tiempo, muchas más mujeres comenzaron a jugar. 

Las canchas se llenaron de equipos femeniles, los torneos adquirieron seriedad competitiva y el fútbol dejó de parecer una anomalía cuando lo practicaban ellas, a pesar de que no siempre tuvieron el apoyo institucional en tanto, como suele pasar, se visibilizan en los medios por algún triunfo mayor y ahí todos querían posar a su lado, aunque no las hayan apoyado ni con una válvula para echarle aire a un balón.

Lo verdaderamente interesante es que el barrio, que suele tener memoria selectiva, pocas veces reconoce que esa normalidad fue posible gracias a aquellas primeras jugadoras que nunca pidieron autorización para cascarear durante horas frente a su casa, hasta que oscureciera.

Tal vez porque intuían que, si la pedían, aparecería de inmediato algún reglamento recién inventado para explicar por qué no.

Fueron las que dominaban el balón cuando todavía había quien creía que lo correcto era dominarlas a ellas. Y es aquí donde la evocación adquiere cierta utilidad pedagógica. 

Porque dominar algo —sea una pelota, un oficio o un cargo público— requiere práctica, constancia y, sobre todo, conocimiento del terreno en el que se juega. Cualidades que las muchachas del barrio aprendieron sin manuales ni asesorías estratégicas.
Si improvisaron fue al inicio y puede que la curva de aprendizaje les llevó tiempo. 

Pero nunca se jactaron de que sabían todo ni desplazaron a otras generaciones acusándolas de todo y sintiéndose superiores.

Uno pensaría que esa lección elemental también sería aplicable en otras canchas, particularmente en aquellas donde algunos funcionarios parecen dominar con admirable entusiasmo la jerarquía… aunque no necesariamente el tema que les corresponde o los múltiples asuntos en los que incursionan aparentando sabiduría.

Algo parecido a dominar el uniforme completo… sin haber tocado nunca el balón.

Pero sería injusto exigirles tantas dominadas seguidas, a la primera. Al fin y al cabo, no todos crecieron en el barrio; más bien les falta. Nomas que a la altura de la vara ellas se las pusieron y descalificaron a cualquier equipo contrario.
Y el barrio, como cualquier escuela sería, suele exigir primero práctica antes de repartir el silbato.

Las mujeres de antaño han cumplido y creo que ya no hay vuelta atrás, pero si se quiere tener una mejor competitividad en el terreno profesional obliga a garantizarles mejores condiciones de trabajo y un entorno libre de violencia.

En el estudio “Informe de resultados: Tarjeta roja a la violencia de género”, publicado por el PNUD en julio de 2025, se advierte al respecto:

“El análisis de las violencias de género en el ámbito del futbol es fundamental para comprender cómo operan y se reproducen las desigualdades estructurales dentro de uno de los espacios socioculturales más influyentes a nivel global y en México. Lejos de ser un terreno neutral, el futbol ha sido históricamente un espacio masculinizado, en el que la participación de mujeres y disidencias ha estado marcada por múltiples formas de discriminación, exclusión y violencia”.

“Las violencias reproducidas en las canchas, principalmente de fútbol femenil —que van desde expresiones abiertas de acoso, hostigamiento o agresión física, hasta formas más sutiles como la desvalorización sistemática del fútbol femenil, la exclusión de mujeres en espacios de toma de decisión o la falta de condiciones equitativas para la práctica deportiva— han sido por mucho tiempo normalizadas e invisibilizadas. Su estudio es esencial para nombrarlas, visibilizarlas y, en consecuencia, transformarlas”.

Sin embargo, dominar el balón —como la vida pública— exige algo más que levantar el pie y congraciarse: exige saber dónde va a caer la pelota después del siguiente toque de larga distancia y cuándo disparar a gol, para luego no andarnos lamentando por los resultados y culpando a otros por lo mal que hemos jugado.

Tal vez por eso en el barrio primero se aprende a dominar el balón y luego se presume la jugada. En otras canchas ocurre al revés: primero se presume… y después se descubre que nadie sabía jugar.

Pero al final, el barrio dejó una lección bastante clara: dominar un balón requiere práctica. 
Dominar a otros, en cambio, parece que a veces solo requiere un nombramiento.

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