La política mexicana sigue cometiendo un error que en cualquier disciplina seria sería inadmisible: pretende dirigir un país sin formar a quienes lo van a gobernar.
Mientras en el deporte, en la ciencia o en la tecnología se invierten años en preparar talento, los partidos siguen creyendo que el liderazgo nace en una campaña, entre discursos reciclados, promesas infladas y estructuras que premian la obediencia por encima de la inteligencia.
Pero esta vez hay algo distinto.
Hoy no habla una generación aislada. Hablan niñas y niños que crecerán en el país que ustedes están diseñando; hablan jóvenes que ya entendieron cómo funciona el poder; hablan adultos que están cansados de ver cómo la política se devora su propio futuro. Y el mensaje es simple, directo y profundamente incómodo: el sistema actual de liderazgo político está agotado.
Los partidos dicen representar a la sociedad, pero hace tiempo dejaron de escucharla. Prefieren rodearse de lealtades personales antes que de talento. Prefieren operadores antes que pensadores. Prefieren rostros obedientes antes que ciudadanos capaces de cuestionar. Esa lógica no sólo empobrece la política: también sabotea el futuro del país.
Porque el mundo que viene no se gobernará con ocurrencias. Se gobernará con ciencia, con comprensión de la complejidad social, con conocimiento ambiental, con tecnología, con capacidad de análisis y con ética pública. Y eso no se improvisa en seis meses de campaña.
Las nuevas generaciones lo saben. Por eso el mensaje que surge desde escuelas, universidades, barrios y comunidades no es una petición: es una advertencia. Dejen de usar a los jóvenes como decoración electoral. Dejen de convertir a la juventud en propaganda digital mientras el poder real permanece encerrado en estructuras que se protegen a sí mismas. Dejen de simular renovación mientras reciclan las mismas prácticas que han debilitado la democracia durante décadas. Lo que se necesita no es maquillaje generacional, sino un cambio profundo en la forma de construir liderazgo.
El país necesita espacios donde niñas, niños, jóvenes y ciudadanos puedan formarse para gobernar antes de aspirar al poder: aprender pensamiento crítico, ciencia aplicada al gobierno, responsabilidad pública, negociación social y ética política. Porque el talento político no nace en los comités de partido. Nace donde están los problemas reales: en las comunidades, en las universidades, en los territorios que el poder casi nunca visita. Si los partidos siguen ignorando ese talento, la historia terminará haciendo lo que siempre hace con los sistemas que se niegan a evolucionar: los reemplaza. Y cuando eso ocurra, no será una rebeldía generacional. Será simple supervivencia democrática.




