POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Hay algo que la generación joven del país ya entendió con una claridad que incomoda al poder: cuando la política convierte la seguridad en discurso, la realidad se convierte en territorio perdido. México no enfrenta solo una crisis de violencia; enfrenta una crisis de honestidad política.
Durante años, el poder tradicional ha preferido administrar narrativas antes que recuperar el control del país.
En el norte —y particularmente en los territorios donde el desierto y la frontera moldean el carácter— los jóvenes han aprendido a leer la política desde la experiencia directa.
No desde el teatro del poder ni desde los comunicados oficiales, sino desde lo que ocurre en la calle: caminos que se vuelven rutas prohibidas, comunidades que aprenden a callar, horarios que se adaptan al miedo.
La violencia dejó de ser estadística para convertirse en atmósfera.
Mientras tanto, la vieja política insiste en discutir ideologías cuando el problema es biológico y social: el cerebro humano no está diseñado para vivir permanentemente bajo amenaza.
a neurociencia ha demostrado que el miedo constante altera la percepción, limita la creatividad y deteriora la capacidad colectiva para tomar decisiones racionales. Un país que normaliza la violencia termina reduciendo su inteligencia social.
Es una forma lenta de autodestrucción nacional. Sin embargo, el poder tradicional parece más preocupado por defender su relato que por resolver la crisis. La violencia se ha convertido en un instrumento narrativo: unos la minimizan para proteger su proyecto político; otros la exageran para atacar al adversario.
En ambos casos ocurre lo mismo: la seguridad desaparece del centro del debate real.
Pero la generación joven observa algo más profundo. Entiende que la violencia no es solo un problema policial; es también un síntoma de colapso institucional, de abandono territorial y de un modelo de desarrollo que ha despreciado el equilibrio ambiental y social.
Cuando el Estado se debilita, otros poderes ocupan el espacio. Es una ley básica de los sistemas complejos: el vacío nunca permanece vacío.
La crisis de seguridad también tiene raíces ecológicas y económicas. Regiones devastadas por extractivismo, desigualdad y abandono institucional se vuelven terreno fértil para economías criminales. Cuando el territorio pierde valor para el Estado, lo adquiere para quienes operan fuera de él. Por eso el reclamo juvenil es más radical de lo que parece.
No exigen discursos épicos ni promesas electorales.
Exigen algo más incómodo: que el poder deje de mentirse a sí mismo. Que abandone la propaganda y enfrente la realidad con inteligencia científica, responsabilidad ambiental y una estrategia institucional seria.
Porque la pregunta que hoy recorre a la nueva generación es brutalmente simple: ¿para qué sirve el poder si no puede garantizar que una sociedad viva sin miedo? Si la política no responde pronto, la juventud terminará respondiendo por ella.




