Hay una verdad incómoda que atraviesa a mi generación: no heredamos un sistema político funcional, sino una estructura agotada que se resiste a morir. Nos piden participar, votar y confiar, pero al mirar de cerca descubrimos que las reglas siguen diseñadas por y para los mismos grupos de poder.
Nos vendieron la alternancia como cambio profundo, pero en realidad fue una rotación de élites. Cambian los discursos y los símbolos, pero el fondo permanece: el poder concentrado, las decisiones alejadas de la ciudadanía y una política que opera como circuito cerrado. Entrar no depende del mérito, sino de someterse.
A los jóvenes se nos usa como narrativa, no como actores. Somos imagen de campaña, cifra en estadísticas y discurso conveniente. Pero cuando se decide el rumbo del país, se nos relega. Nuestra voz es tolerada, no incorporada.
Mientras tanto, la relación entre gobierno e iniciativa privada oscila entre la cercanía y el conflicto según convenga. No hay reglas claras ni visión de largo plazo.
Y en medio de esa incertidumbre estamos nosotros: precariedad laboral, emprendimientos sin respaldo y un futuro condicionado por decisiones que no tomamos. Se invoca constantemente al “pueblo”, pero se evita hablar de ciudadanía. Porque la ciudadanía exige derechos, instituciones y límites al poder. Y eso incomoda. Una sociedad crítica no aplaude: cuestiona. No obedece: exige.
El problema no es sólo que el sistema sea viejo, sino que sabe disfrazarse de nuevo. Se presenta como transformación, pero reproduce prácticas conocidas: concentración de poder, lealtades personales y una narrativa que divide más de lo que construye.
Nuestra generación ya no cree en promesas fáciles. Hemos crecido entre crisis y entendemos que no basta cambiar actores si las reglas siguen intactas. No hay transformación real sin redistribución del poder. Lo más grave es que se nos pide paciencia. Para quienes controlan el sistema, esperar es estrategia; para nosotros, es pérdida. Cada año sin cambios es una oportunidad menos.
No queremos destruir el país ni aceptar su inercia. Exigimos reconstruirlo: abrir espacios reales, redefinir relaciones de poder y establecer reglas que no dependan de quien gobierne. Porque el problema nunca fue sólo quién gobierna, sino cómo se gobierna. Y mientras eso no cambie, la democracia seguirá siendo una fachada.

