POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En Sonora todavía están a tiempo, pero gobiernan como si ya hubieran ganado.
Desde arriba bajan discursos reciclados mientras aquí abajo crece algo más peligroso que el enojo: la indiferencia. La conversación joven ya no es “¿por quién votar?”, es “¿para qué votar?”.
Y cuando esa pregunta se instala, el problema deja de ser electoral y se vuelve estructural. Morena presume avances como si alcanzaran, sin notar que la realidad diaria exige más que narrativa. PAN y PRI siguen señalando errores ajenos, pero nunca convencen de ser algo distinto. Hablan entre ellos, se responden entre ellos y se justifican entre ellos. Afuera, nadie los está escuchando.
El problema no es de propuestas, es de conexión. Se habla de seguridad con cifras cuando la gente quiere certezas. Se habla de economía con promesas cuando la gente quiere estabilidad. Se habla de futuro con frases cuando la gente quiere presente.
Y ahí es donde pierden: no entienden el momento emocional de una generación que ya no cree por default. Movimiento Ciudadano ha intentado ocupar ese vacío, pero tampoco tiene garantizado nada.
Hablar como joven no basta; hay que responder como gobierno. Porque esta generación no busca discursos frescos, busca resultados inmediatos. Y si no los ve, el castigo será parejo.
En Sonora el voto siempre ha sido directo: se da y se quita sin nostalgia. Pero ahora está cambiando algo más profundo. Ya no solo se castiga al que falla, se cuestiona el sistema completo.
Y cuando todos parecen lo mismo, la elección deja de ser decisión y se vuelve resignación. Los partidos siguen confiando en estructuras, operadores y estrategias. Siguen creyendo que la elección se gana en campaña.
No están viendo lo evidente: la elección se pierde en la percepción.
Y hoy la percepción es brutal —nadie representa realmente a los jóvenes. Si no corrigen, 2027 no será una victoria para nadie. Será un triunfo vacío, con menos votos, menos legitimidad y más presión social. Ganar así no es gobernar, es sobrevivir.
La solución no es compleja, pero sí incómoda: escuchar sin controlar, entender sin justificar, actuar sin simular.
Pero eso implica soltar el guion, y ahí es donde todos fallan. Porque si siguen sordos, no van a enfrentar una rebelión. Van a enfrentar algo peor: una generación que ya no los necesita ni para perder.




