POR ING.HECTOR CASTRO GALLEGOS
Lo de las “pensiones doradas” no es justicia: es espectáculo.
Sí, hay casos obscenos que insultan a cualquiera, pero el poder no vino a corregir excesos, vino a instalar un precedente.
Y lo hizo como siempre: señalando al monstruo para que nadie vea el hacha. Hoy aplauden el castigo a unos cuantos; mañana será la normalización del recorte para todos. Esa es la trampa.
El discurso es simple, casi infantil: “nadie debe ganar más de cierto límite”.
Suena bien, suena moral, suena popular. Pero detrás no hay técnica, ni legalidad, ni futuro; hay control.
Porque cuando el Estado se arroga el derecho de modificar reglas ya cumplidas, lo que está diciendo es brutal: nada te pertenece realmente, todo es concesión revocable. Eso no es reforma, es sometimiento.
Y lo más grave no es el poder ejecutándolo, sino la clase política arrodillada validándolo. Los que juraban defender derechos hoy firman recortes. Los que hablaban de legalidad hoy justifican la retroactividad.
Los que prometían ser contrapeso hoy son eco.
No hay oposición: hay administración del mismo impulso autoritario con distinto logotipo. A la generación joven le venden esto como justicia social, pero es exactamente lo contrario.
Porque si hoy pueden recortar lo ya ganado, mañana podrán redefinir cualquier contrato, cualquier ahorro, cualquier expectativa de retiro. Nos están enseñando, sin maquillaje, que planear a largo plazo en este país es un acto ingenuo.
Que trabajar décadas no garantiza nada. Que el esfuerzo es negociable, pero el poder no. Y mientras tanto, las excepciones sobreviven intactas. Siempre hay intocables. Siempre hay una élite blindada que observa desde arriba cómo se disciplinan los de abajo. La narrativa cambia, el privilegio no.
Ese es el verdadero rostro del sistema: no eliminar desigualdades, sino administrarlas con cinismo. Aquí no hay ingenuidad, hay cálculo.
Se sacrifica a unos para domesticar a todos. Se usa la indignación pública como combustible para ampliar el margen de control.
Y se hace con una eficacia inquietante, porque saben que el enojo colectivo es fácil de dirigir cuando hay culpables visibles. Esto no va de pensiones, va de poder. De quién decide cuánto valen los derechos y cuándo dejan de existir. Y la respuesta es incómoda: los mismos de siempre.
Solo que ahora, con más aplausos. Que se los trague su propio discurso. Porque lo que están construyendo no es justicia: es obediencia.
Y eso, tarde o temprano, también se les cobra.




