POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Nos están vendiendo la eutanasia como un acto de libertad suprema, pero en el fondo suena más a una confesión del poder: no pueden sostener la vida, pero sí pueden administrar la muerte.
Aquí es donde la ciencia desmonta el discurso cómodo. El cerebro humano no decide en el vacío.
Bajo dolor crónico, miedo, ansiedad o abandono, los circuitos que regulan la toma de decisiones se alteran. La percepción del futuro se acorta, la esperanza se reduce y la mente deja de evaluar opciones con claridad.
No es filosofía: es biología.
Cuando el sufrimiento domina, la elección deja de ser plenamente libre.
Y entonces la pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿Cuántas decisiones de morir nacen realmente de la autonomía… y cuántas del desgaste extremo que el propio sistema permitió? Porque en este país el problema no es la muerte.
El problema es cómo se vive antes de llegar a ella. Hospitales saturados, medicamentos que no llegan, tratamientos interrumpidos, dolor mal atendido, familias quebradas por pagar lo que el Estado prometió cubrir. Esa es la realidad.
Esa es la base desde donde algunos pretenden abrir el debate sobre “morir con dignidad”. Pero no hay dignidad en una decisión empujada por el abandono. El poder tradicional quiere convertir un fracaso estructural en un discurso de derechos.
Quiere que la conversación deje de ser por qué la gente sufre… y pase a ser si tiene derecho a dejar de hacerlo muriendo. Es un giro perverso: cambiar la responsabilidad por narrativa, el cuidado por una salida rápida. Y ojo, aquí no se trata de negar el dolor real.
Hay enfermedades devastadoras, hay sufrimientos que rompen cualquier límite humano. Ignorarlo sería hipócrita.
Pero usar esos casos extremos para justificar un modelo donde la muerte se vuelve opción viable en medio del colapso del sistema… eso ya no es compasión, es estrategia.
La juventud ya no compra discursos maquillados. Entiende algo que incomoda al poder: una decisión solo es libre cuando existen alternativas reales.
Y hoy, para millones, vivir con dignidad no es una opción garantizada. Así que digámoslo sin suavizarlo: Un gobierno que no puede aliviar el dolor, pero sí empieza a debatir cómo facilitar la muerte, no está ampliando derechos. Está administrando su incapacidad.
La eutanasia, en este contexto, deja de ser un acto de libertad. Se convierte en el síntoma más claro de un sistema que decidió rendirse. Y cuando el Estado se rinde, no libera a su gente.
La empuja, lentamente, a desaparecer.




