POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
No hace falta un dictador para matar una democracia.
Basta con un poder que aprende a doblarla sin romperla.
Así operan las autocracias modernas: no irrumpen, se infiltran.
Llegan por la vía democrática y, desde adentro, empiezan a desactivar los límites que les estorban. México no está fuera de ese juego.
Con 58 de 100 puntos en libertad, no somos un país libre: somos un país a medias.
26 de 40 en derechos políticos y 32 de 60 en libertades civiles no son medallas; son advertencias.
No es colapso, pero tampoco estabilidad. Es una democracia en zona de riesgo. El poder lo sabe.
Y actúa.
Cuando desaparecen organismos autónomos, no se ahorra dinero: se eliminan obstáculos.
Cuando se presiona al Poder Judicial, no se reforma la justicia: se le manda un mensaje. Cuando se desacredita la crítica, no se defiende al pueblo: se le entrena para no cuestionar. Aquí entra la ciencia —no la propaganda—.
El cerebro humano, bajo miedo e incertidumbre, reduce su tolerancia a la complejidad. Prefiere certezas simples, liderazgos fuertes, respuestas inmediatas. Se activa el instinto de supervivencia y se apaga el pensamiento crítico. Es un atajo neurológico: menos libertad, más sensación de control. El poder tradicional explota ese mecanismo. Lo sabe y lo usa. Alimenta la polarización, simplifica el discurso, divide a la sociedad en bandos irreconciliables.
Convierte la política en identidad, y la identidad en trinchera. Así, cuestionar deja de ser un derecho y se vuelve traición.
No es casualidad. Es estrategia. La autocracia del siglo XXI no necesita censurar a todos; le basta con que suficientes dejen de escuchar.
No necesita prohibir elecciones; le alcanza con vaciarlas de contenido. No necesita imponerse por la fuerza; le sirve que la gente, cansada, entregue el control a cambio de orden. Y ahí está el punto crítico: no es solo lo que hace el poder, es lo que dejamos de hacer como sociedad. México sigue votando, sí.
Pero votar no es suficiente cuando el sistema de pesos y contrapesos se erosiona. Cuando la ley se vuelve selectiva. Cuando la crítica se desgasta.
Cuando la normalización reemplaza a la indignación. La autocracia no grita. Administra. Avanza milímetro a milímetro hasta que mirar atrás ya no sirve de nada. La pregunta no es si ya llegamos. La pregunta es si todavía estamos a tiempo de frenarla.




