POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En México no solo desaparecen personas. Desaparece la capacidad de reaccionar.
Y eso no es casualidad: es diseño. Más de cien mil ausencias deberían incendiar al país. Pero no lo hacen.
¿Por qué? Porque el poder entendió algo clave del cerebro humano: si repites el horror lo suficiente, deja de doler igual.
La mente se protege, se adapta, se enfría. Lo que antes indignaba, hoy se desplaza con el dedo en una pantalla. Así se domestica a una sociedad: no con fuerza, sino con saturación. Nos entrenaron para soportarlo.
Cada cifra nueva ya no golpea, solo se suma. Cada madre que excava ya no sacude, solo confirma. El dolor dejó de ser un punto de quiebre y se volvió paisaje.
Y mientras el país se acostumbra, el poder respira tranquilo. Porque aquí desaparecer a alguien no cuesta. No hay castigo real. No hay consecuencias. Hay carpetas abiertas que nunca se cierran, búsquedas que no empiezan, instituciones que simulan. La impunidad no es un error del sistema: es el sistema funcionando perfecto. Es el permiso implícito para repetir la violencia una y otra vez.
Y cuando el reclamo crece, aparece la estrategia: mover números, reclasificar víctimas, diluir la tragedia en tecnicismos. Convertir la desesperación en debate burocrático. Pero la gente no busca cifras. Busca cuerpos. Busca respuestas. Y no las encuentra. Entonces ocurre lo más brutal: la sustitución.
Ciudadanos haciendo el trabajo del Estado. Madres rastreando desiertos, encontrando fosas, reconstruyendo lo que la violencia rompió. Eso no es fortaleza social.
Es abandono institucional en su forma más cruda. Es la prueba de que el poder renunció a su responsabilidad… o decidió administrarla. Porque de eso se trata: administrar la tragedia. Mantenerla lo suficientemente grave para controlar, pero no lo suficientemente explosiva para caer.
Apostar a que el cansancio le gane a la rabia. Y funciona. Una sociedad agotada no se levanta. Se adapta. Se resigna. Se vuelve espectadora de su propia descomposición.
Esa es la jugada maestra: no desaparecer personas, sino desaparecer la reacción.
Y mientras eso siga pasando, el mensaje es claro, brutal y vigente: aquí puedes borrar a alguien… y el país seguirá avanzando como si nada. Eso no es crisis. Es complicidad.




