POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
El país no se gobierna: se negocia bajo presión. Y la moneda ya no es el voto, es el caos. Carreteras tomadas, ciudades paralizadas, economías locales estranguladas. No es protesta espontánea: es cálculo.
Es chantaje.
Es poder doblando al poder.
Nos vendieron la idea de que la calle era resistencia. Hoy, la calle es palanca. Quien bloquea no siempre exige: muchas veces cobra. Cobra candidaturas, posiciones, impunidad. Y el Estado, lejos de imponer orden, se sienta a negociar como rehén de su propia debilidad.
Aquí es donde entra algo más profundo: el cerebro humano no reacciona con lógica ante la presión, reacciona con miedo. Cuando el flujo se interrumpe, cuando la rutina se rompe, el sistema nervioso entra en alerta. Estrés, urgencia, necesidad de resolver “ya”.
Y en ese estado, el poder cede. No porque quiera, sino porque está diseñado para apagar incendios, no para sostener principios. Eso lo saben. Lo explotan. Lo repiten. No estamos ante manifestaciones aisladas, sino ante una técnica perfeccionada: generar disrupción para forzar decisiones.
Es ingeniería emocional aplicada a la política. Es manipulación del sistema desde sus puntos más vulnerables.
Y mientras tanto, el discurso oficial finge sorpresa. Finge indignación. Finge control. Pero en realidad, administra el conflicto porque también le sirve. El caos selectivo es útil: desgasta adversarios, reordena fuerzas, justifica acuerdos inconfesables. La nueva generación ya no se traga el cuento. Ya entendió que muchas de estas “luchas” no son por derechos, sino por cuotas.
Que detrás del bloqueo hay operadores, no ciudadanos. Que el ruido no siempre es rebeldía… a veces es negocio. Lo más grave no es el paro. Es el precedente. Porque cuando el chantaje funciona, se institucionaliza.
Se vuelve regla no escrita: si quieres algo, detén el país. Si quieres poder, incomoda. Si quieres negociar, colapsa. Y así entramos al ciclo electoral que viene: no con ideas, sino con tácticas de presión.
No con debate, sino con amenazas disfrazadas de causa social. Esto no es un complot perfecto. Es peor. Es un sistema donde todos aprendieron a jugar sucio y nadie quiere dejar de hacerlo porque funciona. El poder tradicional ya no impone condiciones: las negocia desde el miedo.
Y cuando el poder le teme a la presión, deja de ser poder… y se convierte en rehén. La pregunta no es quién bloquea. La pregunta es quién sigue permitiendo que así se gobierne un país entero.




