POR ING .HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
El fracking en México no es una estrategia energética: es una confesión de poder.
No se trata de desarrollo, se trata de quién decide qué se sacrifica… y quién paga la factura.
La ciencia no está en debate. Perforar la tierra, inyectar millones de litros de agua con químicos y fracturar roca profunda tiene consecuencias medibles: estrés hídrico, riesgo de contaminación y alteración del subsuelo. No es activismo, es evidencia.
Pero el problema nunca ha sido la falta de datos, sino la forma en que el poder los ignora.
Aquí entra el verdadero núcleo del conflicto: el cerebro humano está programado para elegir recompensas inmediatas sobre consecuencias futuras. Es un sesgo cognitivo básico.
El sistema político lo explota con precisión quirúrgica. Promete energía barata hoy, aunque comprometa el agua de mañana. Vende progreso rápido, aunque deje territorios vacíos y agotados. Eso explica por qué el discurso oficial se mueve en contradicciones. Se habla de sustentabilidad mientras se permite la fractura del subsuelo. Se presume soberanía mientras se depende de modelos extractivos que hipotecan recursos esenciales.
No es incoherencia: es cálculo. ¿Quién gana? Ganan las élites energéticas que convierten el subsuelo en dinero líquido.
Ganan las estructuras políticas que administran el silencio y maquillan decisiones técnicas como inevitables. Gana un modelo económico que necesita explotar hasta la última gota para sostener su propia ficción de estabilidad.
¿Quién pierde? Pierde el agua. Pierde el territorio. Pierden las comunidades que nunca fueron consultadas pero siempre son afectadas. Pierden los jóvenes que heredarán un país más seco, más frágil y más dependiente. Y pierde la ciencia cuando sus advertencias son filtradas, suavizadas o directamente ignoradas.
Lo más grave es que esto ya no es un problema del futuro. Es presente.
Es ahora. Cada pozo no convencional es una decisión política disfrazada de ingeniería. Cada litro de agua inyectado es una renuncia silenciosa a otras prioridades más urgentes. La generación actual ya no compra el discurso.
Entiende que el verdadero conflicto no es energía contra medio ambiente, sino poder contra supervivencia. Y cuando el poder elige sistemáticamente el beneficio inmediato sobre la vida a largo plazo, deja de gobernar: empieza a depredar. El fracking no fractura la roca. Fractura la confianza.
Y cuando el agua se convierte en moneda, el país entero entra en deuda.




