Mtro. Jesús Antonio García Ramírez Politólogo
1. Consideraciones previas
La crisis de México no es económica ni de seguridad. Es ética. Y para entenderla hay que ir a la raíz, como decía Ortega y Gasset. Durante cuatro décadas practicamos un modelo que no solo privatizó empresas, privatizó al ser humano. El modelo neoliberal nos enseñó que todo tiene precio y nada tiene valor. Que el ciudadano es cliente y el compañero es competidor.
Aristóteles lo advirtió hace 2,400 años en su Ética a Nicómaco: no nacemos virtuosos o viciosos, nos hacemos por la práctica. La virtud es un hábito que se entrena. Pero el vicio también. Y México entrenó durante cuarenta años el hábito del interés individual por encima del bien común. Ese hábito no se fue con el cambio de gobierno. Quedó instalado en la cultura de la licitación amañada, del cargo visto como botín, de la política entendida como negocio. Cambió el discurso, pero en muchos escritorios quedó la misma lógica. Vencer al neoliberalismo no es solo cambiar de siglas, es cambiar de hábitos.
2. A manera de reflexión
Para que este artículo sea enseñable y constructivo, no acusa a un partido para destruir, sino que describe patologías humanas que hoy corren el riesgo de contaminar incluso al proyecto más noble, como lo es Morena. Y lo digo con respeto, porque al tener la mayor responsabilidad histórica, Morena tiene el deber más alto de replantearse por su bien, para que no le gane el pragmatismo:
- La primera patología es de la intriga a la fraternidad. Cuando no hay formación ni proyecto claro, se discute a la persona y no la idea. Aparece la lógica de la facción, del grupo contra el grupo. Antonio Gramsci explicaba que un partido debe ser un intelectual colectivo, es decir, una comunidad que piensa un proyecto de nación. Cuando el partido se vuelve suma de facciones que pelean por espacios, deja de ser intelectual colectivo y se vuelve agencia de intereses. El militante ya no pregunta qué propone el movimiento para el campo o para la maquila de Hermosillo, pregunta qué le toca a él. El dato es revelador: de acuerdo con estudios del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados y del INE, más del 65% de la afiliación partidista en México entre 2020 y 2024 se motivó por la gestión de un trámite, un programa o una expectativa de empleo, no por afinidad ideológica. Ese es el neoliberalismo interiorizado. El militante se volvió cliente.
- La segunda es del infundio y la mitomanía a la verdad. Es la práctica de inventar una historia falsa del compañero para anularlo y repetirla tanto que uno mismo termina creyéndola. Hoy un audio de WhatsApp sin prueba destruye en cinco minutos una trayectoria de veinte años. Morena nació precisamente contra esa guerra sucia del viejo régimen, contra el infundio como método. Por eso tiene que ser el primero en erradicarlo de raíz en su interior. No se puede combatir el infundio del adversario afuera si se tolera el infundio entre compañeros adentro. Si por pragmatismo se permite que el mentiroso ascienda porque es “operador eficaz”, se gana una elección y se pierde una generación. La militancia aprende que mentir premia.
- La tercera es del oportunismo disfrazado de pragmatismo. El pragmatismo dice sumemos a todos sin filtro para ganar. La ética dice sumemos, pero formando. Cuando se abre la puerta sin formación ni valores, entra la vieja cultura del hueso y del chapulineo. El partido se llena de perfiles que ayer combatían el proyecto y hoy lo encabezan por conveniencia. Eso confunde al ciudadano, que desde fuera dice con razón: son iguales. No son iguales los principios, pero sí se vuelven iguales los métodos si no se cuidan.
3. Consideraciones finales
¿Cómo se erradica de raíz la miseria de valores? No con purga, sino con pedagogía. Como proponía Paulo Freire, nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo, los hombres se liberan en comunión y esa comunión requiere conciencia crítica. Freire nos enseñó que la educación no es para adaptar al hombre a un puesto, es para hacerlo capaz de transformar su realidad. Esa es la tarea.
Propongo tres acciones concretas. Primero, convertir cada comité municipal en una escuela de cuadros real, no en un club de candidaturas. Que el joven aprenda historia, Constitución, economía política y ética pública. Un militante formado no intriga, debate con ideas. Segundo, el ejemplo como doctrina. Gramsci decía que el dirigente no solo dirige, sino que forma con su vida. La austeridad, la puntualidad, el respeto al adversario interno educan más que mil cursos. Tercero, la autocrítica como método institucional, con un código de ética vinculante que antes de actuar pregunte: ¿Esto es verdad? ¿Esto ayuda al pueblo? ¿Esto nos hace mejores? Si falla una, no se hace.
Hay un último frente que no podemos omitir por honestidad. Me refiero a un modelo de negocio mediático, no a todo el periodismo, que entendió desde el neoliberalismo que el infundio vende más que la verdad y que confundir al auditorio es más rentable que educarlo. Es un modelo que titula con miseria para generar miseria. Una nota que dice se pavimentaron diez calles no genera clics, una que dice se robó en diez calles sí, aunque no tenga una sola prueba. ¿A quién le sirve que todos creamos que todos roban? Al que realmente roba, porque se esconde en el todos son iguales. Ese modelo no informa, deforma. No aclara, confunde. Pone a dos personas a pelear en un panel para generar rating, no para generar luz. El auditorio no sale más informado, sale más cínico y un pueblo cínico no exige, solo se resigna.
No se combate ese modelo de negocio con otro modelo igual pero oficialista. Se combate con territorio, con verdad y con ejemplo. Cuando el ciudadano ve con sus propios ojos que su beca llegó sin pedirle credencial de facción, que su calle se hizo, que su dirigente lo atiende sin pedirle nada a cambio, el infundio se cae solo.
Cierro para dejar interés y conciencia. México no va a morir de hambre, va a morir de hastío si seguimos tolerando que la mentira sea método, que la intriga sea escuela y que la miseria sea espectáculo. Nuestros nietos nos van a preguntar: cuando México se estaba vaciando de valores, ¿tú qué hiciste? ¿Intrigaste? ¿Difamaste? ¿Te vendiste por un cargo? ¿O te atreviste a decir la verdad aunque doliera, a ser leal aunque no te conviniera, a enseñar aunque nadie te aplaudiera? De esa respuesta depende si esta generación será recordada como la que enterró a México en la miseria o como la que tuvo el valor de rescatarlo. Porque no hay de otra. O rescatamos los valores, o no rescatamos a México.




