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Home MI GUSTO ES
En plaza Hidalgo, de lo normal a lo normativo

Dos patrias, dos afectos y ninguna traición

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
26 septiembre, 2026
in MI GUSTO ES
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Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés

Recientemente hubo una muy respetable iniciativa que pretende modificar los artículos 82, 116 y 122 de la Constitución para que cualquier persona que desee ser candidata o candidato a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y tenga doble nacionalidad, renuncie a una de ellas.

Palabras más, palabras menos, quienes la presentan sostienen que no se puede tener “un pie aquí y otro allá” cuando se trata de gobernar, porque el interés y la soberanía nacionales deben estar por encima de cualquier otro vínculo con un Estado extranjero y por tanto, quien aspire a esos cargos no tenga otra nacionalidad y, si la tiene, renuncie a ella antes de solicitar su registro como candidato. 

El argumento oficial es que quien represente al Estado mexicano debe tener como único referente de lealtad al pueblo de México y que así se evitarían posibles conflictos de intereses o de lealtades frente a otro país. Incluso se ha recurrido a la muy nacionalista metáfora de que no se pueden poner los huevos de la gallina en diversas canastas. Ni Winston Churchill lo hubiera dicho mejor. La imagen es muy poética, casi la máxima griega que durante siglos habíamos estado esperando para dar pie a una nueva escuela del pensamiento, pero aplicada a las nacionalidades tiene sus bemoles. Porque una cosa son los huevos, otra las canastas y otra, muy distinta, los afectos, las historias personales y los lugares donde uno ha echado raíces.

Para analizar tan chovinista propuesta en tiempos de globalización, me ofrendaré como un vil conejillo de indias, tratando de ser lo más didáctico posible lo cual no se me da mucho, pero hare la lucha. Resulta que yo nací en La Paz, Baja California Sur, y a los 18 años cumplidos llegué a Hermosillo, Sonora. Es decir, soy sudcaliforniano por nacimiento y, después un par de años de haber llegado en aquel agosto de 1984, ya era sonorense por adopción o residencia efectiva como dice su constitución.

Yo le llamaría a eso una especie de doble nacionalidad interna. Y vaya que lo es. En Baja California Sur nací, nacieron mis padres, jugué y juego; tengo al barrio Los Olivos en mis huesos, tengo mis recuerdos, tengo mi gente, tuve dos novias y tengo esa geografía sentimental que uno no puede borrar con un decreto ni con una renuncia ante ninguna autoridad.

Tengo el mar, las playas, los tacos de pescado, las almejas chocolates, los mariscos, la machaca de pescado, las tortillas de harina, el olor del puerto, las empanadas de carne y de frijol dulce, las ciruelas del monte, el queso, los chimangos, Balandra, Erendira, El Tecolote, Pichilingue, El Coromuel, los atardeceres, en fin, todo aquello que forma parte de una infancia y de una vida. Tengo, pues, una patria de nacimiento. Pero también tengo una patria de vida. Sonora me recibió cuando tenía 18 años. Aquí hice amigos, muchos y aquí estudié una carrera, aquí construí una profesión, y muchos amores platónicos y aquí he vivido una parte fundamental de mi vida, tanto que ya construí una familia cuya pareja e hija son más sonorenses que María Félix o Mario Almada por más que tenga ya dos que tres influencias paceñas.

Aquí están el cerro de la campana, el cerro de la virgen, villa de seris, las carnes asadas y sus tacos, los dogos, las coyotas, los burros percherones, las tortillas sobaqueras, la calle Garmendia 133, la universidad, la colonia Piedra Bola, la gallina pinta, el mercado, la cerveza bien fría y esa peculiar capacidad sonorense de hablar de comida como si se estuviera discutiendo una cuestión de Estado.

Aquí llegué siendo un joven y aquí me hice adulto o menos joven. Aqui llegué célibe y lo sigo siendo, aquí llegue con suma nostalgia y esa misma vivo por Hermosillo cuando viajo a la paz. Así que, si algún día alguien me pregunta de qué lado estoy, tendría un pequeño problema administrativo: no sé cómo traicionar a uno sin sentir que traiciono al otro.

Hasta ahora solamente he sido candidato tres veces. Dos fueron en la universidad. La primera la perdí obscenamente. Y no cerré ni calles ni planteles, haciendo berrinches como buen negativista desafiante porque desde que estaba en el vientre de mi madre he sido demócrata. La segunda la gané avasalladoramente y la tercera fue en la casa de estudiantes, cuando fui propuesto para coordinar una comisión de las que había. Ahí gané, pero debo reconocer que quienes perdieron me agradecieron la derrota, porque la encomienda que venía era una verdadera chinga.

En procesos electorales externos, ni en La Paz ni en Hermosillo he sido candidato, ni quiero serlo, a menos que el pueblo bueno y sabio se encapriche y quiera imponerme como aspirante de unidad en caso de que alguien de los actuales decline a mi favor y aun así la pensaría. Claro, uno nunca sabe. Hay pueblos que se aferran con cosas bastante más extrañas que yo. Incluso olvidan y por eso vuelven los cínicos tal como si hubieran salido en hombros de su encargo y si no me creen, ahí tienen al Maloro Acosta y a López Caballero, dos ex presidentes municipales que han regresado como presos por su casa, sin inmutarse.

Pero vuelvo al tema y, dado el caso, me parecería injusto que tuviera que renunciar a una de mis dos ciudadanías —o, para decirlo con mayor precisión, a uno de mis dos vínculos nacionales— si pretendiera contender por un curul o por la mismísima gubernatura.

Es aquí donde me vuelvo un revisionista de la iniciativa. Entiendo el argumento. Quien gobierna debe anteponer el interés de México. Si existe un conflicto entre los intereses de dos Estados, se dice, debe quedar claro que el gobernante mexicano responde únicamente ante México. Nada de jugar al tin Marín. Hasta ahí, difícilmente alguien podría discutirlo. El problema empieza cuando se parte como algo incuestionable que tener dos nacionalidades equivale, por sí mismo, a tener dos lealtades. Y no necesariamente. Alguien puede tener dos nacionalidades sin tener dividido el sentimiento en dos mitades. Puede haber nacido con una nacionalidad que nunca escogió y conservar otra por decisión de sus padres, por ascendencia o por las leyes de otro país. Puede tener dos pasaportes (mientras no te lo quiten) y una sola conciencia.

La nacionalidad, por sí sola, tampoco causa patriotismo a borbotones, ni la ausencia de una segunda nacionalidad garantiza honestidad, ni entreguismo, soberanía, buena administración o mejores gobiernos. Si así fuera, bastaría revisar el acta de nacimiento antes de entregar la banda presidencial y podríamos ahorrarnos buena parte de la historia. La iniciativa pretende resolver el problema exigiendo la renuncia a la otra nacionalidad antes siquiera de solicitar el registro como candidato. Y ahí encuentro otra dificultad. Hay mexicanos que nacieron con dos nacionalidades. No escogieron una y después fueron a buscar la otra como quien compra una playera en el extranjero. Simplemente nacieron así.

Decirles que para aspirar a gobernar México deben renunciar a una nacionalidad que quizá adquirieron desde la cuna – parece una solución bastante más sencilla en el papel que en la vida real. Porque, además, la renuncia a una nacionalidad extranjera no depende necesariamente de la voluntad de México. Depende también de las leyes del otro Estado. Y si lo que realmente preocupa es que quien llegue al poder pueda invocar derechos, protección diplomática o intereses de otro país, quizá el debate podría ser más preciso: establecer las restricciones necesarias para quien ejerza el cargo, sin convertir automáticamente la doble nacionalidad en una sospecha previa de deslealtad.

Porque una cosa es impedir un conflicto de intereses y otra presumir que el conflicto existe simplemente porque hay dos nacionalidades. Hay quienes nada más tienen una y han ejercido su encargo como si fuese también austriacos, españoles, de Estados Unidos o Francia. Estoy haciendo un símil, lo aclaro, porque, tratándose de la Presidencia de la República, no es el caso. Me doy por muerto desde ahora. Yo solamente he radicado en México. Sí he visitado otros países, pero apenas sumo unos cuatro días en Estados Unidos y ocho en Colombia, por más que hubiera deseado quedarme más tiempo y les aseguro que mi compadre y el Josué, también.

Eso sí: en todos los casos —de ir, no ir o regresarme— ha sido por propia voluntad. Lo aclaro porque luego empiezan los trascendidos y alguien termina diciendo que a mí también ya me quitaron la visa o no vaya a ser que mañana aparezca la versión de que llevo una vida secreta en Washington, tengo una casa en Miami o en Morelos y desayuno arepas en Bogotá los domingos. Uno ya conoce cómo se fabrican las leyendas: empiezan con una visita de cuatro días y terminan convirtiéndote en agente extranjero.

Pero volvamos al asunto: Con independencia de lo anterior, creo que yo preferiría dar un paso al costado en mis legítimas aspiraciones antes que permitir que me obliguen a decidirme por un estado o por otro, a los que tanto les debo. Imagínense un dilema así: ¿La Baja Sur o Sonora? no me hagan esto. No. Porque si algún día abanderara una candidatura previo destape en el Puerto de Ilusión o en esta naranjera ciudad, a la hora de ponderar intereses no dañaría a ninguno, aunque en el primero fuera amo y señor y en el otro solamente hubiera quedado mi legado. Es decir: nada. Bueno, quizá no nada. También quedarían amigos, recuerdos, alguna que otra deuda y seguramente alguien que todavía me invite a una carne asada o un ceviche de sierra.

Pero precisamente ahí está el punto. No tendría que renunciar a Baja California Sur para demostrar que quiero a Sonora. Tampoco tendría que renunciar a Sonora para demostrar que sigo queriendo a Baja California Sur. Ven qué tan fácil se derrumba la razón de una iniciativa así: una persona puede tener dos casas sin querer incendiar ninguna. Puede tener dos familias afectivas sin enfrentar a una con la otra. Puede tener dos lugares a los que llama suyos sin que eso implique que, llegado el momento, vaya a gobernar pensando en los intereses de otro país. Dicho más fácil: se puede tener dos amores, no es complicado besar en dos bocas.

La memoria, pues, no se renuncia. No existe un trámite ante un notario para decir: “Renuncio a mis recuerdos de La Paz para acreditar mi compromiso con Hermosillo”. Ni tampoco existe una ventanilla donde uno entregue el acta de nacimiento, una fotografía tamaño infantil y diga: “Vengo a dar de baja mi infancia porque ahora soy sonorense y no quiero traicionar la soberanía de Hermosillo con la invasión de mis recuerdos”.

Supongo la respuesta: “Pásele a la ventanilla cuatro. Ahí le reciben el barrio Los Olivos y demás”.

A quienes se les ocurrió tan humanista idea seguramente tendrán sus razones. Quizá algunas malas experiencias al respecto. Quizá temen que alguien esté dividido entre dos países o quizá tienen un pasado de vida tan perturbador que quieren sanarlo en el Hospital Psiquiátrico de San Lázaro. Pero yo dudo que por el solo hecho de tener dos o más nacionalidades alguien vaya a convertirse automáticamente en un apóstol de una patria, en un sacrificado defensor de una de ellas y, al mismo tiempo, en el peor de los traidores de las otras.

Porque si la lealtad pudiera medirse por el número de nacionalidades, la política mexicana tendría que inventar una báscula patriótica con estos indicadores. Dos nacionalidades: sospechoso. Una: confiable. Tres: directamente se solicita intervención de la ONU. La cosa, evidentemente, no funciona así. La lealtad se demuestra con los actos, con las decisiones, con los intereses que se defienden y con la conducta de quien ejerce el poder. No con el número de sellos que tenga el pasaporte.

Y aquí está, quizá, la parte que más me interesa de todo este asunto. Si algún día tuviera que elegir entre Baja California Sur y Sonora, probablemente elegiría no ser candidato. Porque hay derrotas electorales que se pueden superar. Pero perder una patria por ganar una candidatura sería una victoria demasiado cara. Al contrario, yo prefiero quedarme así: Dos patrias, dos afectos y ninguna traición.

Porque lo he dicho y lo seguiré diciendo: Me parieron en La Paz B.C.S. un mes de marzo de 1966 y volví a nacer en Hermosillo, Sonora un mes de agosto de 1984. No atino a saber cuál pudiera ser mi gentilicio luego de estas ocurrencias natales, pero algún día habré de fundar una ciudad que inicie en el Arco de Cabo San Lucas y termine en San Luis Río Colorado. Les empeño mi palabra y este partido corazón.

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