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Home Antonio Garcia
La Anatomía del Régimen Aristóteles y la Estabilidad de la 4T.

La sociedad contemporánea y su solidaridad amorfa

Antonio Garcia by Antonio Garcia
8 octubre, 2026
in Antonio Garcia
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Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo

1. Consideraciones previas

Antes la gente se sentía parte de algo. De una familia extensa, de un barrio, de un oficio, de una causa. Eso que nos hacía sentir parte era la solidaridad. No era un discurso bonito, era una necesidad. Nos necesitábamos para vivir y por eso nos cuidábamos.

El sociólogo Durkheim decía que esa unión nos mantenía juntos. Con el tiempo esa unión cambió, pero seguía existiendo. Hoy sigue existiendo, pero ya no tiene forma. Es amorfa. Está, pero no se sabe dónde empieza ni dónde termina. No pesa, no compromete, no dura.

Vivimos en una sociedad que nos enseñó a vernos como individuos antes que como parte de un grupo. Nos enseñó a competir antes que a compartir y a vivir con prisa y con miedo. Con prisa porque todo urge y nada alcanza. Con miedo porque si me detengo a ayudar, me atraso yo. Por eso nos mostramos conectados todo el tiempo, pero sin estar vinculados de verdad con nadie. La solidaridad de hoy muchas veces parece más una foto que una acción.

2. A manera de reflexión

La solidaridad amorfa se nota en la vida diaria y tiene tres rasgos muy claros.

El primero es que aparece solo cuando hay dolor a la vista. Nos movemos cuando vemos la tragedia en la pantalla. Ayudamos, compartimos, nos indignamos. Durante un día o dos hay mucha emoción. Pero esa ayuda dura muy poco. Es una solidaridad de reacción. Llega tarde y se va pronto. No sirve para evitar que el daño vuelva a pasar, solo sirve para sentir que hicimos algo en ese momento. Pasada la emoción, cada quien regresa a lo suyo y el problema queda igual.

El segundo rasgo es que elegimos con quién ser solidarios según lo que sentimos, no según lo que es justo. Nos conmueve más lo que se parece a nosotros, lo que entendemos, lo que nos gusta. Así dejamos fuera a muchos que también necesitan apoyo, pero que no saben contarlo o no salen en la imagen. La solidaridad se vuelve entonces un asunto de simpatía, no de conciencia. Ayudamos a quien nos cae bien, no a quien más lo necesita.

El tercero es quizás el más doloroso. Muchas veces ayudamos no por el otro, sino por nosotros mismos. Para calmar la culpa, para sentirnos buenas personas, para quedar bien. Damos algo, pero no nos damos nosotros. Mandamos dinero por el celular, ponemos un mensaje bonito y con eso sentimos que cumplimos. No hay encuentro. No miramos a los ojos. No tocamos la vida del otro. Es una ayuda sin vínculo. Y sin vínculo no hay transformación, solo alivio momentáneo para quien da.

Una sociedad así se vuelve muy sensible y a la vez muy frágil. Llora por todo, pero no sostiene nada. Se conmueve en un instante y se olvida al siguiente. Puede juntar miles de firmas en un día, pero no puede mantener una tarea sencilla durante un año.

3. Consideraciones finales

No es que la gente sea mala o que ya no quiera ayudar. Es que hemos perdido la forma de ayudarnos.

Para recuperar una solidaridad con forma necesitamos volver a lo básico. Necesitamos volver a estar presentes. No se puede ser solidario a distancia para siempre. Se necesita tiempo, presencia y cercanía. La solidaridad empieza cuando vemos el rostro del otro de verdad y entendemos que su problema también es nuestro.

Necesitamos también volver a creer en estar juntos en algo que dure. Un grupo, una comunidad, un compromiso que no se acabe cuando se acaba la emoción del momento. La solidaridad necesita constancia. Sin constancia se convierte en ocurrencia.

Y necesitamos hacerla simple de nuevo. Nos han hecho creer que ser solidario es hacer algo enorme y extraordinario. Y no es así. Ser solidario es ser constante en lo pequeño. Es cumplir la palabra, es respetar, es cuidar lo que es de todos, es hacer bien el trabajo que nos toca porque de eso viven otros.

Al final, la pregunta no es si somos o no solidarios. La pregunta es qué forma le vamos a dar a esa solidaridad. Si la dejamos amorfa, seguirá siendo un sentimiento bonito que no cambia nada. Si le damos forma, puede volver a ser lo que siempre fue: aquello que nos mantiene juntos y nos hace humanos.

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