Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Luego de los diálogos entre Thomas Hobbes y John Bramhall sobre el libre albedrío y la libertad, la historia del pensamiento, de estoy lo otro, en la casa del Marqués de Newcastle, aristócrata refinado, y una de las figuras más cultas y caballerosas de la corte de los Estuardo, parecía haberse quedado sin interlocutores capaces de devolverle a la discusión pública sus más elevadas aspiraciones.
Por fortuna, el Cabildo de Piedras Negras, Coahuila, ha venido a recordarnos que la filosofía no ha muerto: acaso solamente había solicitado licencia.Lo ocurrido entre el alcalde Jacobo Rodríguez y el regidor Juan Carlos Álvarez nos permite abrigar la esperanza de que, después de siglos de debates sobre la libertad humana, la voluntad, la razón y sus límites, estemos ante una nueva escuela del pensamiento político.
Una escuela, un ateneo donde la argumentación no necesariamente requiere argumentos, la réplica puede prescindir de las ideas y el volumen de la voz parece aspirar a sustituir la solidez del razonamiento por la estridencia y el escupitajo verbal.
Hobbes y Bramhall discutían si el ser humano podía ser libre y hasta dónde alcanzaba su voluntad. En Piedras Negras, por lo visto, la cuestión adquiere una dimensión más práctica: ¿hasta dónde puede llegar la libertad de expresión cuando quien habla olvida que representa a los ciudadanos y no está disputando la última ronda en una cantina?.
Porque una cosa es disentir, otra confrontar y una muy distinta convertir un recinto de representación popular en escenario de una disputa que, por sus formas, podría confundirse con una riña de vecindad en el lugar más pendenciero de esta urbe. No hace falta trasladarnos a La India o al Recreo de la ciudad de México o en El último Adiós, de Guatemala ni organizar una asamblea extraordinaria en algún barrio de Ecatepec. A veces basta encender la transmisión de una sesión municipal y a las cantinas en mención ya no las añoras.
Y es una lástima, porque la democracia ha avanzado precisamente para que las diferencias puedan expresarse sin que sea necesario resolverlas a gritos. La pluralidad supone que personas con distintas ideas, intereses y filiaciones políticas compartan un espacio institucional. No para que se quieran, desde luego, ni para que se prodiguen elogios, sino para que entiendan que el adversario político no es necesariamente un enemigo personal y que el desacuerdo no convierte al insulto en argumento. Ándele: como un dialogo con Fernández Noroña o con mi paisana y ex mi maestra Lucia Trasviña. Con ese ambiente de civilidad y tolerancia que los caracteriza.
Lo paradójico es que, mientras las instituciones democráticas abren espacios a más voces, una parte de la clase política parece empeñada en reducir el lenguaje a su mínima expresión civilizatoria. Hemos ampliado el derecho a hablar y, en ocasiones, pareciera que hemos reducido la disposición a pensar antes de hacerlo.
Quizá dejaron de contratar asesores en materia de administración pública y optaron por una modalidad más económica de asistencia parlamentaria: colocar un apuntador en la cabina para que algún imitador de Luis de Alba, el Flaco Ibáñez o la Pelangocha les dicte, por el chícharo, los diálogos de una película de ficheras o alguien los puso a ver un tutorial ofrecido a coro por los helénicos Alfredo Adame y Carlos Trejo.
El funcionario sólo tendría que esperar la señal, mirar al adversario y pronunciar su parlamento con la convicción de quien cree estar haciendo historia, aunque apenas esté ensayando para una reposición de Bellas de noche o Tres lancheros muy picudos.
Por supuesto, no pretendo afirmar que todos los políticos hayan perdido las formas. Créanme que no , se los juro por Platón y Polo Polo. Sería injusto y, además, demasiado sencillo.Hay representantes que estudian, argumentan, negocian y cumplen con su responsabilidad. El problema es que el espectáculo de los otros suele tener mayor audiencia que el trabajo silencioso de los primeros.
Y ya que hablamos de historia, imaginemos por un instante que los constituyentes de 1917 hubieran decidido debatir con los recursos verbales que hoy se exhiben en ciertas sesiones municipales.
Félix F. Palavicini: _Diputado Heriberto Jara, su propuesta carece de fundamento.
Heriberto Jara: _ ¡Fundamento el que le falta a usted para sostener lo que acaba de decir!
Palavicini: _No confunda la tribuna con la letrina de su casa.
Heriberto Jara: _ ¡Y usted no confunda el Congreso con el espejo donde viene a admirarse, pinchi marihuano de mierda!
Palavicini: Mierda su madre …Exijo respeto para esta asamblea. Saquen a estas mierdas de aquí.
Heriberto Jara: ¡Pues empiece por respetar la inteligencia de quienes lo escuchan y de paso defina sus preferencias sexuales, maniaco de pacotilla!
Naturalmente, este intercambio es una recreación imaginaria, un tanto injurioso a su memoria, no un diálogo histórico documentado, pero sirve para una pregunta que no es imaginaria: ¿qué habría ocurrido con el debate constituyente si sus protagonistas hubieran confundido la firmeza con la ofensa y la pasión política con el agravio personal?
La Constitución de 1917 no surgió de una tertulia de amigos ni de una reunión donde todos estuvieran de acuerdo. Fue producto de conflictos, diferencias profundas y concepciones encontradas sobre el país que debía construirse, pero no recuerdo o no conozco el dato de que alguien hubiera llevado canasta de huevo de gallina , ataúdes , gelatinas o cabezas de puerco.
Precisamente por eso importa la forma en que se discutía: porque detrás de cada discrepancia había un proyecto de nación, no solamente una necesidad de imponerse al interlocutor ni menos un afán de llevar el intercambio de palabras al estrado de las alcantarillas o el drenaje.
Grecia, por su parte, si pudo ser una inspiración para nuestra clase política y mas para los proceres de Piedras Negras ya que allá, contrario a lo que nos han vendido como imagen que la asamblea ateniense no estaba libre de gritos, pasiones y maniobras, como el acusar al rival de tener antepasados esclavos, extranjeros o de clase baja, criticar si el oponente o sus padres se dedicaban a oficios considerados vulgares o cuestionar la moralidad y el comportamiento sexual del adversario, algo que solía hacerse con frecuencia.
Es verdad entonces que la política nunca ha sido un convento . Pero una cosa es reconocer que el conflicto acompaña a la vida pública desde sus orígenes y otra convertirlo en argumento tepiteño o nezaquenses para justificar cualquier comportamiento.Lo que inquieta no es que los políticos se confronten o descalifiquen. La historia está llena de disputas memorables. Lo inquietante es que, en ocasiones, parezcan haber olvidado para qué se reúnen, a quién representan y cuál es la diferencia entre ganar una discusión y cumplir una responsabilidad.
Porque para algunos ciudadanos no le basta con que su representante tenga la última palabra. Espera que tenga una idea, una propuesta, una respuesta. Espera que, después de una sesión, haya alguna razón para creer que el tiempo y el dinero públicos se emplearon en algo más útil que una competencia de descalificaciones. Y dije para algunos porque hay un sector que se regocija al ver que su diputado o diputada sustituye sus obligaciones parlamentarias por meras actitudes cuadrúpedas.
Pero llega el desencanto. El ciudadano observa, escucha, se ríe —porque a veces no queda más remedio— y termina metiendo a todos en el mismo saco. La llama de todo, generaliza y concluye que la política es un espectáculo de personajes que cobran como representantes populares y se comportan como protagonistas de una bronca de futbol llanero.
No es enteramente justo con quienes sí hacen su trabajo. Pero tampoco puede sorprender a nadie que la ciudadanía termine confundiendo a los políticos responsables con aquellos que convierten el cargo en una licencia para el exabrupto y la vulgaridad frente a las cámaras que pudiera sonrojar al mismísimo Brincos Dieras.
Quizá convendría recuperar a Hobbes y Bramhall, aunque fuera por una sesión. No para que resolvieran las diferencias del Cabildo de Piedras Negras, sino para que alguien les explicara a los contendientes que la libertad no consiste en decir cualquier cosa de cualquier manera y que el libre albedrío no obliga a elegir siempre la peor frase disponible.También para decirle que lo que vimos no nos asusta como hacer la faramalla de la persignación de en el nombre del padre, del hijo y demás, pero si recordarle que existe la competencia comunicativa, es decir esa necesidad o capacidad de adaptarse según el contexto y donde estes.
Ya si no lo entienden a la buena , será necesario sumar otros requisitos para ser aspirante a un cargo de elección popular y así como se les exige su declaración patrimonial o cumplir con la ley 3 de 3 contra la violencia, también valdría pedirles una certificación sobre convivencia básica Diplomado, examen sobre control de Impulsos en espacios públicos y manejo de la frustración Democrática, uso racional de la palabra y un curso básico para dejar de atentar contra el idioma español.
Aunque, pensándolo bien, quizá sea demasiado pedir. A lo mejor el problema no es que falten filósofos en el Cabildo, sino que sobran actores convencidos de que están en el escenario equivocado. Y mientras los ciudadanos esperan soluciones, los representantes ensayan sus parlamentos.
La función continúa. Pero la entrada, como siempre, la pagamos todos.


