POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante mucho tiempo, México ha medido su fortaleza económica por la cantidad de recursos que extrae, productos que fabrica o mercancías que exporta.
Pero la economía del siglo XXI está cambiando las reglas: el recurso más valioso será la capacidad de las personas para generar conocimiento, innovación y soluciones.
La realidad política de México exige construir una economía donde el talento sea considerado una verdadera infraestructura nacional.
No bastará con atraer inversiones; será necesario crear las condiciones para que esas inversiones encuentren científicos, ingenieros, técnicos, emprendedores y trabajadores capaces de generar mayor valor agregado.
La inteligencia artificial está acelerando esta transformación. Las empresas que aprendan a combinar tecnología con talento humano serán más competitivas, pero también cambiarán las características del empleo.
México deberá prepararse para una economía donde aprender, desaprender y volver a aprender será parte permanente de la vida profesional.
Los jóvenes tendrán una ventaja extraordinaria si reciben la formación adecuada. Ellos pueden convertirse en creadores de empresas tecnológicas, investigadores, diseñadores, especialistas digitales y emprendedores capaces de competir desde México con cualquier nación del mundo.
Pero el talento no florece solamente por esfuerzo individual.
Necesita educación de calidad, infraestructura digital, acceso al financiamiento, instituciones confiables y políticas públicas que premien la innovación.
El Estado debe crear el ecosistema; la sociedad y los jóvenes deberán convertirlo en resultados. México no debe conformarse con ser un país atractivo por sus costos de producción. Debe aspirar a ser atractivo por la calidad de su conocimiento y por la capacidad de su gente para resolver problemas complejos.
El verdadero nearshoring del futuro no será solamente acercar fábricas a los mercados; será acercar el talento mexicano a las industrias que definirán el mundo.
Pensamiento para la juventud: Un país comienza a ser verdaderamente rico cuando descubre que su mayor recurso no está en lo que puede extraer de la tierra, sino en lo que puede crear desde la inteligencia y el talento de su gente.




