Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
La categoría cultura política no nombra una opinión ni una preferencia electoral. Nombra una relación histórica entre pueblo y poder, sedimentada en la vida material. Para el caso de Sonora, esa relación se ha configurado desde la frontera, el desierto y el trabajo agroindustrial, generando una subjetividad de autonomía, desconfianza al centralismo y valoración del resultado concreto sobre el discurso. Comprender esa especificidad es condición epistemológica para cualquier proyecto de transformación que aspire a trascender un sexenio. El problema de fondo rumbo a la contienda de 2027 no es aritmético ni organizativo. Es de conciencia.
- Consideraciones previas
Toda cultura política es expresión de una formación social. Tres premisas teóricas resultan indispensables para ubicar el caso sonorense:
• Primera: la hegemonía no se decreta por mayoría electoral, se construye como sentido común. Desde Antonio Gramsci, sabemos que una fuerza es hegemónica cuando su concepción del mundo es asumida por las mayorías como propia. Morena en Sonora conquistó el gobierno del estado. Sin embargo, la disputa por el sentido común sigue abierta. En la vida cotidiana coexisten la vieja cultura del privilegio, que naturaliza la política como favor, y la emergente cultura del derecho, que la entiende como garantía.
• Segunda: la conciencia política no es espontánea, es resultado de un proceso pedagógico. Paulo Freire distingue entre conciencia ingenua, que explica la realidad por causas individuales o fortuitas, y conciencia crítica, que devela las causas estructurales. Una parte significativa de la adhesión electoral obtenida en Sonora permanece en el nivel de la conciencia ingenua, sustentada en el carisma del liderazgo y en el beneficio inmediato. Esa conciencia es reversible porque no está anclada en la comprensión del proyecto histórico. El tránsito hacia la conciencia crítica no es tarea de propaganda, es tarea de formación.
• Tercera: todo frente político sin síntesis programática reproduce la cultura que combate. La ciencia política crítica latinoamericana, desde Pablo González Casanova hasta Atilio Borón, ha advertido que las alianzas reducidas a aritmética y distribución de cuotas, sin acuerdo sobre modelo de desarrollo, terminan reinstalando el clientelismo y el patrimonialismo. Para Sonora, donde la cultura de la negociación pragmática es profunda, este es el riesgo estructural más importante para Morena y sus aliados.
- A manera de reflexión
El análisis de fondo obliga a distinguir entre dos matrices culturales en disputa.
La cultura política dominante, heredada del largo ciclo del bipartidismo, se estructura sobre tres ejes: la política como gestión de favores, la representación como intermediación y el ciudadano como beneficiario. Bajo esa matriz, el partido opera como maquinaria.
La cultura política emergente, que requiere la transformación, propone la inversión de esos ejes: la política como ejercicio de derechos, la representación como mandato revocable y el ciudadano como sujeto histórico activo. Esa inversión no ocurre por decreto ni por la sola eficacia distributiva. El Plan Sonora, los programas sociales y la obra pública son condición necesaria, pero no suficiente. Falta la dimensión pedagógica del poder.
La pedagogía política, en tradición latinoamericana, implica tres rupturas estratégicas:
• La primera es la ruptura con la concepción del militante como movilizador. En alta escuela, el militante es educador popular. Su función no es trasladar personas a un evento, sino generar capacidad de análisis colectivo en el territorio. La pregunta rectora deja de ser cuantitativa y se vuelve cualitativa: no cuántos asisten, sino cuántos pueden explicar, con sus propias palabras y desde su realidad, por qué el agua, el litio y la educación deben entenderse como derechos y no como mercancías.
• La segunda es la ruptura con la concepción del territorio como mapa electoral homogéneo. Sonora no es una sola cultura política. La cultura de la sierra, la de los valles del Yaqui y Mayo, la de la frontera y la de los pueblos originarios Yaqui, Guarijío, Seri y Pima, poseen historicidades distintas. La conciencia no se construye con consignas nacionales descontextualizadas. Se construye territorializando el proyecto, vinculándolo a la historia local del despojo y de la resistencia.
• La tercera es la ruptura con la concepción de la alianza como suma aritmética. Una alianza histórica debe producir nueva cultura política. Ello exige un programa mínimo común de desarrollo sonorense que sea enseñable y defendible: modelo de gestión del agua, modelo de industrialización soberana y modelo educativo con pertinencia cultural. Sin esa síntesis programática, la alianza enseña a la sociedad que la política sigue siendo reparto de posiciones, y forma ciudadanos cínicos, no críticos.
- Consideraciones finales
La contienda de 2027 en Sonora, leída en clave de fondo, no será una disputa entre partidos. Será la disputa entre dos culturas políticas y dos proyectos de Estado:
• La primera, la cultura del privilegio, apuesta por la restauración. Su fuerza radica en la desmemoria. Confía en que la ausencia de formación crítica provoque que el pueblo castigue los errores naturales de todo gobierno y olvide las causas estructurales de su desigualdad histórica. Es una cultura que no necesita formar, solo necesita que el pueblo olvide.
• La segunda, la cultura del derecho, solo puede consolidarse si transita de conciencia en sí a conciencia para sí. Es decir, si deja de ser apoyo a un gobierno y se convierte en proyecto propio del pueblo. Para ello, la conciencia crítica no basta con develar la realidad; debe tener capacidad de institucionalizar una nueva realidad.
Aquí radica el punto ciego del debate actual. La cultura del derecho no se vuelve hegemónica solo con cursos. Se vuelve hegemónica cuando se hace Estado. Cuando el derecho al agua, a la energía y a la educación con pertinencia sonorense deja de ser programa de gobierno y se convierte en norma, en institución y en costumbre. Sin institucionalización, la conciencia se vuelve resistencia testimonial. Con institucionalización, se vuelve nueva normalidad.
Por tanto, el desafío estructural de Morena y sus aliados no es ganar 2027. Es garantizar que 2027 sea un momento de institucionalización de la conciencia alcanzada. Eso exige una decisión de alta escuela que articule tres niveles:
• En el nivel teórico, entender que formar no es adoctrinar. Desde Freire, formar es crear las condiciones para que el pueblo piense por sí mismo su realidad y actúe para transformarla. Un pueblo que piensa críticamente no es base manipulable, es poder popular constituyente.
• En el nivel ético-político, entender que la mejor pedagogía es el ejemplo del Estado. Cada ventanilla que dignifica, cada obra que se explica en asamblea y no solo se inaugura, cada funcionario que rinde cuentas en territorio, forma más cultura política que cien talleres.
• En el nivel estratégico, entender que la alianza solo será histórica si produce una síntesis programática sonorense. Un acuerdo sobre el agua, el litio y la educación que sea enseñable en cualquier ejido y defendible en cualquier universidad. Sin esa síntesis, la alianza enseña cinismo. Con ella, enseña proyecto.
Si esa tarea no se asume, se podrá obtener la victoria electoral de 2027 y, simultáneamente, perder la batalla histórica. Porque en ciencia política crítica, toda victoria electoral sin nueva cultura política institucionalizada es una derrota anunciada. La restauración siempre regresa por el vacío que deja la falta de formación.
Sonora no necesita porristas que aplaudan ni críticos que solo nieguen. Necesita, en palabras de González Casanova, pueblo con conciencia de su propio poder. Esa es la única garantía de continuidad.




