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Home MI GUSTO ES
En plaza Hidalgo, de lo normal a lo normativo

Los antiguos combatientes ( …o de crítica,autocrítica y un asunto general).

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
31 octubre, 2026
in MI GUSTO ES
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Mi Gusto Es…O la otra mirada. Por: Lic. Miguel Ángel Avilés

Recuerdo aquellos años ochenta, cuando las revoluciones y las posrevoluciones de Centroamérica infectaban de entusiasmo a los activistas de mi país , quienes seguían en la lucha con renovados bríos, convencidos de que algún día triunfaría la suya o la nuestra si que a mi me habría de tocar algo.

Mientras tanto, había que continuar enfrentando al mal gobierno de un partido reaccionario, represor y bastante convencido de su eternidad como todo el que llega y se cree insustituible.

Sus integrantes parecían creer que el poder era una concesión  familiar, un bien inmueble escriturado a perpetuidad y con la oposición incluida en el inventario de las cosas molestas que tenían que aguantar .

El activismo de aquellos alivianados y buena onda épocas se desarrollaba en universidades, sindicatos y fábricas.Unos lo hacían abiertamente; otros,en la clandestinidad.

Todos tenían algo que decir, algo que denunciar y, por supuesto, alguna injusticia que combatir.

 Para eso eran opositores,no integrantes de un club de admiradores del gobierno.Alguna prensa excepcional hacia lo suyo y esta era admirada, tanto que, a cambio, esos fieles lectores correspondian suscribiendose y aunque no lo leyeran,ahí traían el ejemplar caléndulo en una axila, durante toda La Jornada de estudio o de trabajo.

En aquellas organizaciones,la última palabra la tenía la asamblea general o, por lo menos, eso le hacían creer a la base o lo establecían los principios, que para algo estaban los principios, aunque en ocasiones hubiera que recordarles a sus propietarios dónde los habían guardado o tener dos o tres a modo, según la coyuntura o las circunstancias.

Las reuniones tenían su orden del día y podía olvidarse cualquier asunto, tema, café o una conmemoración,incluso las mesas y sillas donde sentarse, pero menos la crítica y autocrítica y asuntos generales.

No era poca cosa. Se trataba de señalar errores,exhibir incongruencias,cuestionar decisiones y poner el dedo en las omisiones de los propios compañeros.

La confianza no consistía en aplaudirse mutuamente, sino en poder decirse las verdades sin que aquello terminara en una expulsión, una purga o una declaración de enemistad irreconciliable.

Al fin y al cabo éramos camaradas o compitas que nos hermanaba la convicción de hacer de este país un mundo mejor, alejado de la burguesía y la falsa sociedad.

A excepción del partido de estado y el estado, no había tantos molinos de viento como para andar justificando las pendejadas tras pendejadas que se cometieron, porque han de saber que había muchas ni andar culpando a medio mundo de la clase política de ese momento o de tres sexenios atrás o a personajes o personajas del siglo antepasado.

De ese tamaño era el compromiso pero al llegar a ese penúltimo punto, las discusiones se volvian color de hormiga. Se cuestionaba con pasión,sin demasiadas concesiones y, a veces, con una dureza que habría hecho palidecer a más de un funcionario de nuestros días o a cualquier terapia de grupo de las mas candentes.

Se señalaban equivocaciones, desviaciones,simulaciones y hasta traiciones.Nadie estaba completamente a salvo del escrutinio, ni siquiera quienes habían redactado el orden del día.

La autocrítica tenía un propósito: corregir lo mal andado, reorientar el camino y evitar que el barco terminara hundiéndose por culpa de los mismos errores que, en otros movimientos,habían contribuido al naufragio.

Hay que criticar de frente y halagar por detrás” pedía Carlos Fonseca Amador,fundador del FSLN , en una frase entre genuina,sugerente o alburera pero al rato ya andaban citándola por aquí y por allá.

No se trataba de darle armas al enemigo,como después a los años  se diría para justificar silencios convenientes, sino de impedir que los errores propios terminaran haciendo innecesario el trabajo de los adversarios.

Había, además, una razón elemental: no repetir aquello que tanto se combatía: hablo de las mañas del PRI.

Y es que si el autoritarismo era censurable cuando lo ejercían los de enfrente, no podía convertirse en una virtud administrativa cuando los nuestros ocuparan sus oficinas. Si la crítica era indispensable para desenmascarar al poder, difícilmente podía volverse una insolencia cuando el poder cambiara de manos.

Por aquellos años, cuestionar al gobierno era casi una actividad de la vida cotidiana. Se iba al mandado, se pagaba la luz, se cumplía con los quehaceres diarios y en estos estaba la tarea de criticar al gobierno y al PRI.

 Cada quien según sus posibilidades, su temperamento y el tamaño de su indignación.Para algunos, incluso, aquello constituía una suerte de deporte de resistencia, practicado sin necesidad de inscribirse en ninguna liga.

Y cuando desde el poder se respondía con descalificaciones, amenazas o represalias, aparecían las consabidas denuncias de represión, censura y atentados contra la libertad de expresión.

 Con razón, por supuesto: si el gobierno no soportaba que lo cuestionaran, el problema era del gobierno, no de quien preguntaba.

Lo curioso es que la historia, siempre tan aficionada a las bromas de mal gusto, terminó concediéndoles a muchos de aquellos activistas la oportunidad de pasar al otro lado del escritorio.

Y entonces ocurrió algo digno de estudio por la ciencia política, la psicología social , la antropología, la psiquiatria o el esoterismo.

Quienes habían reclamado durante años el derecho a criticar al poder comenzaron a descubrir que la crítica, cuando se ejerce desde el poder propio, resulta bastante incómoda. Los antiguos inconformes, una vez instalados en las alturas, parecieron desarrollar una inesperada sensibilidad epidérmica.

Ya no era tan sencillo distinguir entre una pregunta incómoda y una agresión, entre un señalamiento y una conspiración, entre la discrepancia y la traición.

La libertad de expresión, que antes se defendía con entusiasmo, empezó a requerir ciertas consideraciones.Podía ejercerse, faltaba más, siempre que no lastimara susceptibilidades, desacomodara el discurso oficial o pusiera en aprietos a alguno de los compañeros.

 La crítica seguía siendo bienvenida, pero quizá en otro momento, en otro lugar y, de ser posible, con una redacción previamente revisada por el departamento de los sentimientos revolucionarios o por instituto para mostrarle al pueblo lo censurado.

La autocrítica, por su parte, sufrió una transformación todavía más admirable: de instrumento para corregir errores pasó a ser una práctica innecesaria, cuando no una forma de darle la razón a quienes siempre estuvieron en contra.

Las asambleas también se modernizaron.Donde antes se discutía, ahora podía bastar con respaldar al que indicaran. Donde antes se cuestionaba, ahora convenía cerrar filas ( sí: como lo hacía el PRI).

Más aún :donde antes alguien levantaba la mano para señalar una incongruencia, hoy podía encontrar varias manos levantadas para recordarle que no era el momento, que había que cuidar el movimiento y que las diferencias debían resolverse puertas adentro y que de seguro estaba diciendo tanta cosa porque lo había comprado la burguesía o porque no quería a los amolados o porque la patria solo recibía de él una traición .

Ya había pasado de moda el criticar de frente ni tampoco de ladito , muchos menos por atras y nada mas queda como opción el halago y a Fonseca Amador ni quien lo habria de recordar .

Lo de puertas adentro es particularmente interesante. A veces significa dialogar en privado; otras, procurar que la incongruencia no salga a la calle.

 La diferencia es sutil, pero importante: en el primer caso se busca resolver el problema; en el segundo, evitar que alguien se entere.

Y así,los antiguos combatientes de la censura terminaron descubriendo las bondades del silencio ajeno.Los que exigían explicaciones aprendieron a considerar impertinentes las preguntas.Quienes denunciaban la soberbia de sus adversarios comenzaron a mirar desde arriba a los que no compartían sus decisiones.

Y aquellos que alguna vez reclamaron que nadie se eternizan en el poder parecieron olvidar que la historia no otorga certificados de inmunidad a quienes llegan con buenas intenciones.

Porque el poder, conviene recordarlo, no tiene la virtud de transformar automáticamente a nadie en autoritario. Tampoco la oposición garantiza por sí misma la congruencia.Lo que sí hace el poder es poner a prueba ambas cosas, y a veces con resultados bastante menos edificantes que los discursos pronunciados durante la resistencia.

No sé qué dirían hoy los otroras militantes de las reuniones interminables, de las discusiones ásperas y de las autocríticas sin anestesia. Quizá algunos sigan pensando lo mismo. Otros habrán encontrado razones suficientes para justificar sus nuevas costumbres.

Siempre hay una explicación disponible cuando la realidad comienza a contradecir el discurso, y los seres humanos somos extraordinariamente ingeniosos para redactar nuestras propias excepciones.

Pero me queda una duda: ¿para qué servía tanta lucha contra el autoritarismo si, al llegar al gobierno, algunos iban a descubrir que lo verdaderamente incómodo no era padecerlo, sino tener que renunciar a sus ventajas?

A fin de cuentas, una revolución puede cambiar los nombres de las oficinas, los retratos de las paredes y hasta el vocabulario de los discursos. Lo que no puede hacer, por decreto, es garantizar que quienes llegan al poder no terminen pareciéndose a quienes tanto combatieron.

Y por eso recuerdo aquella vieja lección de la crítica y la autocrítica. No porque los movimientos de entonces fueran perfectos —también tenían sus dogmas, sus purgas, sus iluminados y tenia hasta revolucionarios —, sino porque al menos sabían que la unanimidad podía ser una señal de disciplina, pero también el ruido que hace una organización cuando todos han aprendido a callarse.

El problema es que cuando falta la crítica, sobran los apapachos y eso alegra el corazón pero ayuda menos .Y cuando la autocrítica desaparece, siempre habrá candidatos dispuestos a ocupar su lugar: los serviles, que confunden la lealtad con el aplauso, y los que sirven, que todavía se atreven a decir que el emperador no lleva precisamente el mejor traje.

Lo malo es que, en ciertos palacios, a los primeros se les llama compañeros y a los segundos, enemigos.

Y eso que todavía no llegamos a los asuntos generales.

Pero en fin : no sé por que estoy hablando de esto si todo está tan bien.

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