POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
El poder político puede transformar una sociedad, pero también puede deformarla cuando pierde su propósito.
Por eso, el gran desafío de la política mexicana no será únicamente construir instituciones más modernas, sino formar personas capaces de ejercer autoridad sin olvidar para qué la recibieron.
La realidad política de México exige recuperar una verdad sencilla: el poder público pertenece a la sociedad.
Quien ocupa un cargo no recibe un privilegio personal; recibe temporalmente una responsabilidad que debe ejercer con honestidad, prudencia y sentido del bien común.
Los jóvenes que lleguen a la vida pública enfrentarán una tentación permanente: confundir influencia con liderazgo, popularidad con legitimidad y poder con éxito.
La nueva generación deberá construir una concepción diferente, donde la autoridad se mida por la confianza que inspira y por los resultados que entrega.
La inteligencia artificial puede ayudar a transparentar procesos, detectar irregularidades, evaluar decisiones y hacer visible el uso de los recursos públicos.
Pero ninguna tecnología podrá vigilar completamente la conciencia de quien gobierna. La ética seguirá siendo la última frontera del poder.
El servidor público del futuro tendrá que preguntarse antes de cada decisión: ¿es legal?, ¿es técnicamente correcta?, ¿es eficiente?, pero también una pregunta superior: ¿es justa y beneficia realmente a la sociedad? Ese cambio de mentalidad puede transformar la política desde sus raíces.
Porque una institución puede ser moderna, digital y eficiente, pero si quienes la conducen utilizan el poder para beneficio personal, todo el progreso tecnológico habrá sido insuficiente.
México necesita jóvenes preparados para ejercer autoridad sin perder humanidad; capaces de tomar decisiones difíciles sin perder principios; dispuestos a escuchar incluso cuando la sociedad les diga aquello que no desean escuchar.
La política recuperará su dignidad cuando el poder vuelva a entenderse como servicio. Pensamiento para la juventud: El poder verdadero no consiste en tener la capacidad de mandar sobre otros, sino en poseer la fortaleza moral para utilizar una responsabilidad pública en beneficio de quienes depositaron su confianza en ti.



