La generación que creció viendo patrullas como amenazas, y no como respaldo, está lista para detonar un cambio político que el Estado ya no puede contener.
POR Ing. Héctor Castro Gallegos En Sonora, está emergiendo una generación que ya no le teme al poder: le exige cuentas.
Jóvenes que crecieron bajo el zumbido constante de las patrullas, no como símbolo de protección, sino como advertencia.
Para ellos, la policía es el recordatorio cotidiano de que el Estado tiene ojos, armas, bases de datos, cámaras… menos voluntad de proteger.
La rabia juvenil no es rebeldía irresponsable: es memoria acumulada. Es haber visto a la autoridad actuar con la misma impunidad que los delincuentes, con la diferencia de que los primeros usan uniforme y presupuesto público. El Estado insiste en que se trata de “percepciones”, como si la percepción no fuera en sí misma un diagnóstico social. Pero la juventud sonorense no percibe: registra. Sabe que la patrulla que toma la curva puede representar tanto peligro como el sicario que merodea sin placa. Sabe que una revisión “de rutina” puede terminar en abuso. Sabe que la autoridad que presume orden es la misma que calla cuando uno de los suyos cruza la línea. Ese conocimiento, acumulado por años, ha convertido a los jóvenes en analistas involuntarios de la descomposición institucional. Ellos no leen informes: viven la evidencia.
Por eso desprecian la propaganda gubernamental que intenta maquillar la crisis con drones, cámaras y algoritmos. La juventud entiende perfectamente que modernizar una estructura corrupta es como equipar un sótano inundado con lámparas inteligentes: el problema no es la oscuridad, es el agua sucia que nadie quiere limpiar.
El Estado presume tecnología; los jóvenes exigen moralidad. El gobierno presume inversión; los jóvenes exigen coherencia.
Y mientras más gadgets presume la autoridad, más evidente se vuelve su incapacidad para enfrentar la raíz ética del desastre. Los jóvenes no están pidiendo reformas cosméticas ni discursos “cercanos a la comunidad”.
Quieren una ruptura estructural. Están cansados de una policía cuya lealtad se disuelve en cuanto se apagan las cámaras de un operativo.
Cansados de autoridades que hablan de valores mientras negocian con sombras. Esta generación entendió algo que la clase política teme: que el crimen no solo está afuera, sino adentro, mimetizado, protegido, normalizado.
El verdadero enemigo no es el delincuente que actúa desde la clandestinidad, sino el funcionario que usa su cargo como escudo para no rendir cuentas. Por eso sus críticas ya no caben en el molde tradicional del debate público. Son directas, incómodas, casi quirúrgicas.
Afirman que Sonora necesita una refundación ética radical, no un nuevo eslogan. Dicen que la seguridad pública dejó de ser un sistema: es un simulacro. Señ=?utf-8?Q?alan_que_la_autorid




