Sin Medias Tintas. Por: Omar Alí López
Las “farmacias del bienestar” son la respuesta definitiva a un problema que ha hundido al sistema de salud en uno de los periodos de mayor escasez de medicamentos del que se tenga registro. El gobierno que prometió garantizar la salud ahora celebra la apertura de “puestos” con medicamentos, y a donde hay que acudir con fe… y con suerte. Ya no es la ciencia ni la planeación ni la logística, hoy es la esperanza lo que se receta.
La narrativa oficial dice que esto no es improvisación. Que nadie se atreva a pensar que colocar “módulos de abasto” en puntos dispersos del país equivale a reconocer que el desabasto se les salió de control. Si no funciona la estructura de compra, almacenamiento y distribución de medicamentos, pues qué mejor salida que abrir kioscos de emergencia. Son unos genios.
Las farmacias del bienestar son presentadas como un logro, y luego veremos algún evento televisado para inaugurar la farmacia número cien o mil. Con listón, aplausos y discursos sobre la transformación sanitaria en marcha. Porque lo importante es el espectáculo, no la eficacia ni el medicamento.
Mientras tanto, se nos pide olvidar que hace unos años el sistema de salud era complejo, defectuoso, con corrupción evidente… pero funcional. La población sin acceso a servicios de salud era de 20.1 millones de personas en 2018 (16.2% de la población); pero hoy son ¡44.5 millones! (2024, 34.2%).
Los hospitales públicos contaban con un surtido mínimo que permitía tratar desde diabetes hasta cáncer. Hoy, en cambio, es la gamificación del acceso a la salud como si el paciente participara en una dinámica de concurso. ¿No encontró su medicamento? Juegue otra vez.
Estos módulos de abasto tendrán medicinas que integran el catálogo “prioritario”. Pero para enfermedades muy específicas, tratamientos prolongados, cuidados paliativos… para eso no habrá ventanilla. La narrativa del bienestar funciona bien mientras la vida no dependa de ella. El Gobierno presume que ya no hay corrupción en la compra de medicamentos; lo que no presume es que tampoco hay medicinas que comprar.
Nadie se opone a que existan más puntos de acceso a medicamentos; pero cuando el país retrocede en la atención de enfermedades que ya estaban bajo control, cuando aumentan las muertes evitables por falta de tratamiento y cuando la población vuelve al mercado negro para conseguir fármacos que antes estaban disponibles en el sector público, entonces el problema no se resuelve con un letrero colorido que diga “Farmacia del Bienestar”. Se necesita un sistema, no una ocurrencia.
La ironía es que el Gobierno que demolió instituciones preexistentes para crear una nueva utopía sanitaria, termina improvisando bodegas con mostrador. Centros de distribución que no distribuyen, redes de compra que no compran. Y en medio, una población que intenta creer que todo va bien porque la propaganda se repite con la fuerza del mantra: antes todo estaba mal, ahora todo marcha perfecto.
Cuando la realidad se vuelve incómoda, siempre queda el recurso del lenguaje. Ya no hay escasez de medicamentos, lo que hay es “un proceso de transición”. No existen enfermos desatendidos, sino “usuarios en proceso de incorporación al bienestar”. Todos felices, al menos en papel.
Las farmacias del bienestar son como una cortina que no tapa, pero entretiene. Una cortina que distrae de la incapacidad para garantizar el derecho humano a la salud. Son un paliativo político administrado en dosis comunicacionales, como lo han demostrado hasta el momento todos los demás “bienestares”.




