La economía maquillada que la juventud ya no está dispuesta a creer
POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En Sonora se habla de estabilidad mientras el piso económico se agrieta bajo los pies de una generación completa. Los jóvenes lo perciben con claridad: el deterioro no es espectacular, es silencioso, y por eso mismo más peligroso.
Los datos “positivos” aislados, el ruido del comercio internacional y la fortaleza artificial del peso han servido como cortina de humo para ocultar una realidad incómoda. La economía no avanza; se desliza lentamente hacia un punto de quiebre.
Y la política, atrapada en su propio discurso, se niega a mirarlo de frente. El peso fuerte durante 2025 permitió un aumento en el consumo de bienes importados que algunos celebraron como señal de bonanza.
Pero para los jóvenes sonorenses eso no es crecimiento: es una ilusión financiada por ingresos estancados y expectativas cada vez más bajas.
La gente no consume porque gane más, consume porque resiste.
Los precios en los supermercados suben sin tregua, los salarios no alcanzan y el empleo estable se vuelve excepción.
La macroeconomía presume equilibrio; la vida cotidiana acusa desgaste. Esa brecha es el verdadero problema que nadie quiere nombrar.
Lo que no se ve en Sonora es el cansancio social acumulado. Una generación que estudió más que ninguna otra, que se adaptó a la tecnología, que aceptó la flexibilidad laboral, y aun así vive peor que sus padres.
El consumo disfraza la crisis, pero no la cancela. Diciembre maquilla el ánimo, enero lo desnuda. La confianza del consumidor ya advertía el rumbo, pero el poder prefirió administrar percepciones antes que corregir el modelo.
Los jóvenes entienden que esto no es coyuntural: es estructural. Un estado que depende de factores externos, que no fortalece su mercado interno ni protege el ingreso real, está hipotecando su futuro.
El mensaje final debe ser incómodo: Sonora no enfrenta solo un riesgo económico, enfrenta un colapso de credibilidad.
La política que se conforma con indicadores y no con bienestar está desconectada de la realidad social. No basta una moneda fuerte, no bastan exportaciones récord, no basta el discurso optimista.
Sin salarios dignos, sin desarrollo productivo propio y sin una estrategia que piense en la próxima década, el modelo está agotado.
Desde una visión política clara, negar esta realidad es el acto más irresponsable. Porque cuando una generación deja de creer en la economía, pronto deja de creer en la política. Y entonces, lo que hoy no se ve, mañana arderá a plena luz.




