Por Ing. Héctor Castro Gallegos
Los jóvenes del norte ya no ven las elecciones como una fiesta democrática. Las ven como un campo minado. Crecimos escuchando que votar era elegir futuro, pero aprendimos —a fuerza de realidad— que muchas veces solo era legitimar decisiones tomadas lejos de nosotros.
En Sonora y en todo el norte de México, la política dejó de ser esperanza y se volvió sospecha. No somos apáticos. Somos desconfiados con razón. Mientras los partidos se disputan cargos, nuestra generación carga con empleo precario, rentas impagables, violencia normalizada y un territorio cada vez más presionado por intereses externos. Nos prometieron desarrollo y nos entregaron dependencia.
Nos hablaron de soberanía mientras gobernaban mirando al norte, no a la gente. Aquí no se decide: se obedece. Aquí no se planea el futuro: se administra la frontera. Los jóvenes ya entendimos que esto no es casualidad. Es un modelo.
Durante años, gobiernos de distintos colores aplicaron la misma receta: atraer inversión sin reglas claras, militarizar problemas sociales, explotar recursos sin consulta y vender eso como progreso. Cuando algo falla, culpan al pasado; cuando algo funciona para unos pocos, lo llaman éxito. Cambian las narrativas, no las decisiones. Por eso ya no preguntamos qué prometen, sino a quién responden.
Vemos la geopolítica con ojos abiertos. Sabemos que existen organismos que vigilan, no integran; acuerdos que benefician al capital, no a la comunidad; discursos de estabilidad que significan sacrificio permanente para los mismos de siempre. Sonora es estratégica para otros, pero descartable para sus propios jóvenes. Esa es la verdad incómoda.
Nuestra generación no quiere ser mano de obra barata ni carne electoral. Queremos decidir sobre el agua, la tierra, la energía, el trabajo y la tecnología. Queremos un futuro que no dependa del humor de una potencia ni del cálculo de una élite política. Y eso no cabe en la política tradicional.
Por eso nos llaman radicales. Porque cuestionamos el modelo completo, no solo a los administradores. Porque no creemos en cambios cosméticos ni en candidatos reciclados. Porque entendimos que el problema no es quién gobierna, sino para quién gobierna.
Rumbo a 2026, el mensaje es claro: no vamos a votar con miedo ni con nostalgia. Vamos a votar con memoria, con organización y con presión social. Si el sistema no nos representa, lo vamos a confrontar. Si no nos escucha, lo vamos a rebasar. El norte ya despertó.
Y cuando una generación deja de pedir permiso, el poder empieza a temblar.




